Teatro Romea

Don Juan se pasea por Murcia

Lun, 03/11/2014 - 09:08 -- Miguel Casas

El pasado sábado asistimos a una de las veladas más inconfundiblemente teatrales que se pueden vivir en nuestros tiempos y en nuestro país: la representación de un clásico inmortal como El Tenorio de Zorrilla, el día 1 de noviembre, y además sobre las tablas del maravilloso Teatro Romea.

Esta obra, cuya escenificación durante los días anteriores y posteriores al día de Los Santos es toda una tradición en la capital del Segura, ha arraigado de tal manera entre el público murciano que, aunque pasen los años y se sucedan las generaciones, el interés y las ganas de verla permanecen intactos. Buena prueba de ello son las cinco representaciones que se han desarrollado para la presente temporada en el Romea. De hecho, nuestra presencia en la función del sábado no hizo sino confirmar este extremo y constatar que, cuando la oferta es atractiva y los precios son razonables, el público acaba respondiendo con generosidad.

Para elaborar un acercamiento cabal a esta obra y poner en contexto su verdadera dimensión, debemos referirnos brevemente a la escena romántica, cuyo desarrollo tuvo lugar en España entre los años 1830 y 1850. Y es que, ya que esta versión del Tenorio es una obra profundamente influida por la época en la que fue compuesta, consideramos que, dando cuenta de las características del movimiento cultural bajo cuyas líneas fue compuesta, podremos entender mucho mejor su sentido y significado.

Así, como principales rasgos de la dramaturgia romántica presentes en el Don Juan de Zorrilla podemos mencionar: en primer lugar, el afán de transgresión, concretado en la mezcla de lo trágico y lo cómico, en una nueva concepción del tiempo y del espacio, o  en la complicación de la acción, que puede germinar en más actos que los tres marcados por la preceptiva clásica; en segundo lugar, el tema basado en un amor perfecto e imposible de raíces históricas o legendarias y acosado por un poder injusto; en tercer lugar, el héroe romántico, apasionado, próximo al mito y cuyo único destino es servir al amor; en cuarto lugar, la alternancia entre la luz y la oscuridad y los valores simbólicos atribuidos a ésta última a través de la noche y su capacidad para generar un ambiente de misterio, fantasía y ensueño; en quinto lugar, la importancia dada a los sonidos, sobre todo a esas campanas que parecen perseguir al protagonista como un negro presagio de muerte; en sexto y último lugar, el uso de los nuevos efectos escénicos, que permiten mediante fondos, telones, transparencias o pasajes secretos, realizar mudanzas y variaciones sobre los decorados con sorprendente rapidez.

En cuanto a la estructura de la obra de Zorrilla, debemos decir que ésta se halla dividida en dos partes, de cuatro y tres actos respectivamente. Ambas partes, que se desarrollan en dos noches diferentes, se encuentran unidas en cuanto a la acción, ya que ésta sigue las andanzas de don Juan, y en cuanto al espacio, ya que éste es el de la ciudad de Sevilla. Sin embargo, también se muestran separadas por una brecha temporal de cinco años, que son los que transcurren desde la huída de don Juan de la capital hispalense hasta su regreso.

En cuanto al argumento, éste comienza durante la noche de carnaval de 1545 en una bulliciosa taberna sevillana donde don Juan Tenorio y don Luis Mejía se reúnen para dilucidar quién de los dos ha sido más diestro en lances y en amores durante el último año. Como es natural, don Juan se alza vencedor en ambos campos, pero la acción se complica súbitamente cuando don Luis le propone un nuevo desafío a don Juan: tratar de conseguir a una joven novicia. Don Juan, no sólo acepta el reto de su rival, sino que le suma otro, el de ser capaz de arrebatarle al propio don Luis a su prometida antes de que sea su esposa. Por si todo esto fuera poco, el entuerto termina de hacerse mayúsculo cuando el Comendador de la Orden de Calatrava, don Gonzalo de Ulloa, padre de doña Inés, joven enclaustrada en un convento destinada a ser entregada a don Juan en matrimonio, tras escuchar oculto a ambos jóvenes decide mostrarse para romper el compromiso de su hija.

A partir de este momento, detenciones, duelos, traiciones, requiebros amorosos, muertes desgraciadas, huidas, entradas, salidas y reencuentros tendrán lugar por diferentes escenarios de Sevilla. Don Juan conseguirá llevar a efecto sus pérfidos planes con la prometida de don Luís y logrará sacar del convento a la joven doña Inés. Sin embargo, el impenitente galán, no en vano será herido por el amor puro y casi celestial que la hija del Comendador profesa por él. Al final de esta primera parte, un desagraciado encuentro entre don Juan, por un lado, y el Comendador y don Luis, por otro, se saldará con las muertes de estos dos a manos del héroe y la posterior huída de éste último.

La segunda parte de la obra comienza tras una elipsis temporal de cinco años, su contenido se desarrolla fundamentalmente en el panteón en el que ha sido transformado el antiguo palacio de don Juan en Sevilla, y entre cuyos muros descansan ahora varios de aquellos a los que don Juan con sus actos dio mala muerte. Entre las efigies de piedra de las tumbas que identifican a sus moradores destacan las de doña Inés, que murió de pena tras la marcha de su amado, y la de su padre, el Comendador de la Orden de Calatrava. Es en esta segunda parte de la obra cuando tienen lugar los hechos fantásticos y cuando el marcado carácter romántico de la obra se hace más patente. La noche, la oscuridad, la escena lúgubre y sepulcral, los cantos, las campanas, las apariciones fantasmagóricas, las amenazas, el horror. Todo se desata en torno a la figura de don Juan para llegar a la apoteosis final de condenación, amor y salvación.

Sobre el trabajo de la Compañía teatral Cecilio Pineda, que lleva más de 100 años representando el Don Juan de Zorrilla en Murcia, qué podemos decir. Para empezar, que sin duda se trata tanto de una Compañía como de una gran familia de actores vocacionales entregados con la mayor honestidad y el mayor respeto al montaje de la obra y a la interpretación de sus personajes.

Sin embargo, más allá de la tradición, de la vocación y de la dedicación con los que estos hombres y mujeres vienen demostrando desde hace tantos años su amor por el teatro, también es de justicia que valoremos los resultados de su trabajo desde un prisma más distante y objetivo a fin de poder establecer sus méritos con mayor precisión. En este sentido, debemos reconocer que el vestuario es de auténtico lujo; las escenografías, monumentales; los juegos de tramoya, muy acertados; y los efectos sonoros, felices y perfectamente empastados con la acción. Así, en el apartado técnico el montaje es impecable, incluso brillante podríamos decir.

En cuanto a las interpretaciones de los actores, debemos partir del hecho de que no es nada fácil dar vida durante tres horas a unos personajes cuyos papeles fueron escritos hace más de un siglo y medio y cuyas acciones están ambientadas a más de tres siglos y medio de distancia de la actualidad. Teniendo en cuenta esta realidad, podemos calificar el trabajo de los actores como de solvente y eficaz, ya que, no sólo consiguen dar vida, y verosimilitud a una historia cuyo argumento podría naufragar puesto ante un público contemporáneo, sino que, además, consiguen darle la animación y el encanto necesarios para hacerla atractiva y entretenida a los ojos modernos. Es cierto que el Don Juan tiene problemas a la hora de variar de registro y mostrarse vulnerable como enamorado, pero no es menos cierto que la interpretación del héroe también debemos darla por más que aceptable debido al terrible peso que conlleva este papel y a la soltura con la que, en conjunto, es compuesto y articulado por el señor Julio Navarro.

Así pues, recorriendo los iluminados pasillos del Teatro Romea mientras escuchamos de fondo todavía la calurosa ovación de despedida del público a sus actores, consideramos que debemos concluir el presente artículo saludando con satisfacción sincera el montaje del Tenorio llevado a cabo por la Compañía Cecilio Pineda. 

Breve Historia de los Teatros de Murcia (VII)

Mar, 09/12/2014 - 07:08 -- MCC

A punto de entrar en la recta final de nuestro recorrido por los teatros de Murcia, y justo antes de abandonar el siglo XIX, auténtico siglo de oro del teatro en nuestra ciudad, tenemos que retornar sobre nuestros pasos para recordar el devastador incendio que sufrió el teatro Romea el 10 de diciembre de 1899, es decir, veintidós años después del primero. Como en aquella ocasión anterior, en ésta el teatro volvió a quedar reducido a cenizas, sin embargo, esta vez sí que hubo que sumar a los daños materiales la pérdida irreparable de una vida humana. Pero si la destrucción del teatro Romea fue absoluta, absoluta también fue la entrega de la Ciudad para recuperarlo cuanto antes. Así, pronto comenzaron los trabajos de reconstrucción, que volvieron a ser encargados a Justo Millán, y junto a los retoques y novedades que se introdujeron en su interior, también se aprovechó para reformar la fachada principal recargándola con una serie de detalles destinados a mitigar su austeridad original y dotarla de una imagen más ecléctica y palaciega.

La tercera inauguración del teatro Romea, segunda a cargo de Justo Millán, se produjo el 16 de febrero de 1901, sólo catorce meses después del incendio, y tanto la forma externa como las particularidades internas que mostró el recinto en aquella jornada son las mismas que, con los debidos arreglos y restauraciones, han llegado a nuestros días haciéndole conservar su carácter y estilo isabelinos. Por todo ello, hoy por hoy no es extraño, ni quizá del todo incorrecto, escuchar que fue el omnipresente arquitecto Justo Millán el autor del Teatro Romea.

Doble imagen de la fachada del Romea, acometida por Justo Millán.

En cualquier caso, y digan lo que digan, lo verdaderamente cierto es que con la noticia de la reconstrucción del Teatro Romea nuestro camino ha atravesado felizmente las puertas del siglo XX. Sin embargo, este nuevo siglo no iba a traer para el mundillo del teatro en la ciudad de Murcia ni tanta felicidad ni tanta afición como había dejado el recientemente terminado siglo XIX. El novedoso invento del cinematógrafo había comenzado a extenderse lenta, pero inexorablemente por todas las capitales europeas modificando los gustos y las preferencias de sus ciudadanos. Murcia no fue ajena a este movimiento y poco a poco muchos de sus antiguos teatros tuvieron que ceder ante el avance del cine reconvirtiéndose en salas de proyección para poder subsistir.

Sin embargo, a pesar de la expansiva tendencia del cine, a principios del siglo XX todavía pudieron verse aperturas de nuevos recintos teatrales en la ciudad de Murcia. Dos de estos centros tuvieron una vez más al Carmen como protagonista, ya que los teatros del Juvenil, 1910, y el Ferroviario, 1911, desarrollaron sus vidas artísticas en este barrio, aunque también es verdad que estas vidas fueron más bien testimoniales.

Mucho más lejos y mucho más alto llegó la importancia del teatro que se inauguró en la calle Lorca de la actual pedanía murciana de El Palmar, el teatro Bernal. Teatro cuya construcción fue posible gracias al impulso de la familia Bernal, la más acaudalada de esta población en la época. Inaugurado el 24 de julio de 1910, el teatro Bernal se caracterizaba exteriormente por la presencia de tres grandes y elegantes puertas en su fachada principal, las cuales daban acceso a un amplio y acogedor vestíbulo. Hacia el interior destacaban la armonía decorativa y la sencillez constructiva: un escenario cómodo, un patio de butacas suficiente y una galería única conformaban tal espacio dotándolo de un aforo para quinientos espectadores.

Vista actual del restaurado Teatro Bernal.

En cuanto a la trayectoria teatral de este recinto, debemos reconocer que, al igual que la del resto de teatros durante el siglo XX, no fue nada fácil. A los pocos años de su inauguración, el teatro sucumbió ante el ímpetu del celuloide y fue transformado en sala de cine. Más adelante, cuando empezaron a faltar los miembros de la familia Bernal, el local terminó echando el cierre para acabar sumido en el más absoluto abandono.  Sin embargo, cuando todo parecía perdido, a finales del siglo XX el Ayuntamiento de Murcia decidió acometer una reconstrucción integral del inmueble con la intención de recuperarlo como teatro. De esta manera, el 3 de octubre de 2003 el viejo Bernal pudo reabrir sus puertas como teatro muchos años después y hacerlo además luciendo la misma imagen con la que lo vieron nacer casi un siglo atrás.

Después de haber rematado la historia del teatro Bernal desde su nacimiento hasta nuestros días, toca ahora regresar en el espacio al casco urbano de Murcia, y en el tiempo a los primeros años del siglo XX, para finalizar nuestro paseo por los escenarios históricos de la ciudad. Nuestra última parada nos va a llevar a la céntrica calle Vara de Rey, ya que, exactamente donde hoy se levanta el Cine Rex, el día 31 de octubre de 1914 fue inaugurado el teatro Ortiz, un pequeño teatro creado gracias a la perseverancia de Daniel Ortiz, un procurador de Murcia gran aficionado al teatro. Para valorar adecuadamente la audacia del señor Ortiz y los resultados de su proyecto debemos tener en cuenta que, a pesar de que este nuevo local abrió sus puertas en una etapa de clara decadencia teatral, sí que pudo gozar de una vida escénica que se prolongó durante quince largos años. Así, no fue hasta 1929 cuando el ya veterano teatro puso fin a su singladura dando paso al cine que hoy conocemos como Rex, pero que entonces se llamó Central Cinema.

Vista actual del cine Rex, antiguo Teatro Ortíz.

Pues bien, tras esta última parada en el teatro Ortiz, podemos dar por concluido nuestro viaje a través del tiempo y el espacio por los teatros históricos que ha conocido la ciudad de Murcia a lo largo de los siglos. Es cierto que aún podríamos habernos detenido en otros pequeños locales donde tuvieron lugar funciones de manera puntual. Espacios que fueron usados dentro de palacios, casas particulares, colegios, o incluso en plazas públicas. Sin embargo, no hemos considerado oportuno referirlos aquí debido a que estos locales no ofrecieron programaciones regulares ni disfrutaron de trayectorias apreciables ni dejaron información valiosa sobre sus emplazamientos y características.

Con la sana intención de haber podido llevar al inquieto internauta por una ruta de ensueño que le haya hecho evocar las vidas de aquellos lugares por los que la historia del teatro en Murcia fue dejando sus huellas, debo ahora despedir este maravilloso camino que hemos recorrido juntos por las calles de nuestra querida y legendaria ciudad de Murcia. Espero de corazón que ustedes, al igual que yo lo he hecho, hayan podido gozar del placer buscar y de la satisfacción de encontrar un secreto oculto y fascinante, una historia desconocida y sorprendente bajo el asfalto y detrás de los edificios. Espero también que se hayan dejado llevar, en cada parada y en cada rincón, por el encanto de imaginar las formas que debieron de tener todos aquellos coliseos cuyas sombras y cuyos ecos quizá aún, si guardamos silencio y nos concentramos lo suficiente, seamos capaces de percibir en lo más profundo de nuestras almas.

 

…> Continuará en la próxima entrega, el martes, 16 de diciembre.--> Breve Historia de los Teatros de Murcia (VIII)

Entregas anteriores:

Breve Historia de los Teatros de Murcia (I)

Breve Historia de los Teatros de Murcia (II)

Breve Historia de los Teatros de Murcia (III)

Breve Historia de los Teatros de Murcia (IV)

Breve Historia de los Teatros de Murcia (V)

Breve Historia de los Teatros de Murcia (VI)

La cantante calva, o la lucidez que subyace en lo absurdo

Jue, 18/02/2016 - 07:54 -- Miguel Casas

En la noche del martes, con motivo de la puesta en escena de La cantante calva, de Eugène Ionesco, visitamos el Teatro Romea de Murcia para presenciar la adaptación que de esta obra realizara José Bote en 2013 y que, desde entonces, ha convertido a este clásico del denominado teatro del absurdo en una de las obras más representadas en nuestra ciudad.

Así, tal y como fue estrenada en 2013 -bajo la dirección del propio José Bote y defendida por el mismo elenco de actores de la compañía Teatro de la entrega-, la adaptación de La cantante calva fue a llamar nuestra atención, incluso antes de iniciarse, por la sobriedad de su escenografía configurada por dos sillas blancas de ruedas, un enorme tablero de ajedrez a modo de suelo, y una gran pantalla al fondo sobre la que se proyectarían imágenes y se realizarían juegos de sombras.

Por tanto, dominada por el rigor de las líneas rectas y la austeridad de los blancos y los negros, la escena pronto transmitió unas notas de uniformidad, estatismo y frialdad que servirían como perfecto marco para desarrollar las actitudes del matrimonio protagonista de la primera escena: ella, Alejandra, vomitando un soporífero monólogo cuajado de ridículos detalles acerca de la cena que acababa de concluir, y él, Víctor, pasando indolente y en silencio los canales de una televisión que apenas miraba.

De esta forma, como si los personajes de la obra fuesen piezas que solo pudieran ejecutar movimientos fijos y predeterminados dentro de un juego de mesa, Alejandra y Víctor -junto con el matrimonio que esperaban para cenar, el formado por Victoria y Alejandro- nos mostrarían mediante sus desternillantes diálogos una realidad aparentemente absurda, o quizá no tanto, en la que todos parecían llamarse igual, vestir igual, comportarse igual y hasta trabajar en lo mismo. En rigor, una realidad en la que los personajes eran meras estructuras funcionales que, precisamente por carecer de identidad real, resultaban perfectamente sustituibles entre sí e imposibles de diferenciarse internamente unos de otros.

Sin embargo, en medio de ese tablero-sociedad cuadriculado y uniformador, la obra también nos presentaría dos personajes que vendrían a romper esa monotonía reinante de líneas y colores, de pensamientos y acciones: el primero, la criada, única figura caracterizada con color (el rojo de su camisa), capaz de realizar su voluntad, e incluso dirigirse al público; y el segundo, el oficial de bomberos, que contaba anécdotas–fábulas cuyas moralejas debían ser descodificadas activamente por sus interlocutores (y por el público), y que buscaba incansablemente algún fuego, que bien pudimos interpretar como símbolo de lo sorprendente, lo extraordinario y lo natural casi extinto por el convencionalismo reinante.

A la postre, junto a las risas y las carcajadas que acompañaron el transcurso de la función, y junto a la lúcida crítica que encierra la obra de Ionesco, también debimos reconocer y aplaudir, por un lado, el acierto de la adaptación de José Bote -por saber variar nombres, términos y giros para que lo esencial no variara, fuera inteligible, reconocible y hasta familiar-, y por otro lado, el excelente trabajo del equipo de actores -por ser capaces de dotar a cada personaje de lo necesario para que todos sugiriesen lo que callaban, y resultaran en conjunto rotundamente graciosos, cercanos y creíbles, a pesar de las situaciones disparatadas y de los diálogos desternillantes-.

Chéjov. El humor, el actor y el teatro

Mar, 08/03/2016 - 08:39 -- Miguel Casas

Este pasado sábado, con el ambiente de las grandes ocasiones llenando de expectación plateas, palcos, anfiteatros y -por supuesto- el patio de butacas, el Teatro Romea de Murcia se vistió de gala para recibir el montaje Atchúusss!!! Conjunción de textos humorísticos de Antón Chéjov seleccionados y adaptados por Enric Benavent y Carles Alfaro, e interpretados por un elenco de actores de auténtico lujo: Malena Alterio, Fernando Tejero, Adriana Ozores y Ernesto Alterio, además del propio Benavent.

Así, con los murmullos y los ecos de los últimos pasos apagándose al ritmo de las luces del coliseo, el telón del Romea fue a levantarse a eso de las 21:05h para dejarnos contemplar una escena envuelta por la penumbra y poblada por las sombras de unos objetos que apenas sí podíamos distinguir. A continuación, en medio del silencio y la desolación reinantes, como quien despertara de un pesado sueño, emergería la figura de Dimitri, el viejo acomodador, para situar la acción en el interior de un teatro vacío de provincias.

De esta forma, arrancando Atchúusss!!! con el tópico literario del teatro dentro del teatro al que acudió Chéjov para escribir El canto del cisne, el taciturno Dimitri comenzaría a relatarnos -con la ayuda del disparatado y divertido pianista del teatro, Nikita- la historia de su vida desde los días de gloria juvenil como actor y galán hasta su actual decadencia como acomodador, viejo solitario, y borracho. Así, siguiendo la historia de Dimitri, que habría de servir de hilo conductor a la obra, ésta desplegaría, como cuadros, hasta cinco piezas cortas del autor ruso.

Recobrando la iluminación del Teatro la intensidad necesaria, pudimos apreciar una escenografía compuesta por una amplia mesa de trabajo a la izquierda, una mesita y dos sillones en el centro, y un piano rectangular a la derecha de una escena que aparecería cerrada al fondo por dos grandes espejos traslúcidos. De esta manera, con los ojos bien abiertos, pudimos ver la esperada aparición de Fernando Tejero y Malena Alterio para representar, junto con Enric Benavent, La seducción, obra que nos ilustraría sobre los años relamidos del Dimitri actor y sobre sus artes para enamorar a mujeres casadas.

Más adelante, y tras las diálogos de Dimitri y Nikita, que se insertarían entre los cuadros y servirían para introducir los siguientes, llegó Poquita cosa, obra de un acto en la que Malena Alterio y Adriana Ozores darían vida, respectivamente, a una pusilánime institutriz y a una señora de la aristocracia, en apariencia, con grandes dosis de cinismo y avaricia. A continuación, con El oso, sería Ernesto Alterio el que tendría que dejar temporalmente su papel de Nikita para interpretar a Smirnov, el crispado y enamoradizo acreedor de Popova, la dignísima y gélida viuda encarnada por Adriana Ozores.

A golpe de risas y carcajadas, las escenas siguieron sucediéndose hasta llegar a la hilarante La petición de mano, obra en la que abandonamos los ambientes aristocráticos para acercarnos al mundo rural llevados por una Malena Alterio y un Fernando Tejero que, una vez más, volverían a hacer las delicias del público, justo antes de que fuera representado el cuento La criatura indefensa y, tras este, reapareciera Dimitri -el viejo acomodador, el incansable actor- para poner el punto final a una velada que llenó de sonoros aplausos los graderíos y de agradecidos saludos el escenario del Teatro Romea.

Y así, ya concluida la obra, mientras recordábamos el murmullo de admiración con el que el Teatro recibió la primera aparición de Fernando Tejero en La seducción, o el fantástico número musical de Malena y Ernesto Alterio en Poquita cosa, o la interpretación llena de garra de Adriana Ozores en el El oso, o el desternillante diálogo de La petición de mano, o la equilibrada actuación de Enric Benavent y la delirante de Ernesto Alterio; fuimos a reconocer que, a través de los cuadros, de la vida del actor y de la historia del teatro, lo que Chéjov vino a transmitirnos, utilizando hábilmente el humor, fue un conjunto de radiografías que compusieron un certero mosaico en el que pudimos vislumbrar, no solo retazos de la sociedad rusa de finales del XIX, sino quizá -y esto es lo más importante- de cualquier sociedad en cualquier época.

Fotografías: M. Soriano

El Brujo desentraña los misterios del Quijote

Vie, 14/10/2016 - 14:16 -- Miguel Casas

Entre la vigilia y el sueño, entre la realidad y la fantasía, entre la certidumbre y el equívoco, este pasado miércoles arribó al Teatro Romea de Murcia Rafael Álvarez El Brujo para presentar su último espectáculo, Misterios del Quijote; obra que, partiendo de las tesis contenidas en el ensayo El Quijote como juego, de Gonzalo Torrente Ballester, desarrolla diversos pasajes de la novela de Cervantes conectándolos con acontecimientos pertenecientes a la más inmediata actualidad.

Así, ávidos por conocer los entresijos de este montaje con el que El Brujo rinde homenaje a la figura de Miguel de Cervantes en el cuarto centenario de su muerte, decidimos acercarnos al precioso coliseo murciano, coliseo que lleva por nombre el de uno de los actores españoles más grandes del siglo XIX, para abrir la temporada de teatro con una obra de lujo avalada por el magisterio de uno de los actores españoles más grandes de finales del siglo XX y principios del XXI, Rafael Álvarez.

De este modo, acomodados en nuestras localidades, lo primero que llamaría nuestra atención sería la austeridad de una puesta en escena que, cerrada al fondo por cinco candiles colgados de largos cables iluminados, tan solo habría de ofrecer como elemento escénico una humilde mesa de madera sobre la que se hallarían una serie de objetos clave para la comprensión de la obra, tales como un ejemplar del Quijote, unos pergaminos, o una rosa blanca, que sería utilizada como hilo conductor de la trama.

Y es que la rosa blanca -con la que una misteriosa dama minutos antes de la función obsequia a Rafael Álvarez haciéndole ver que a partir de entonces él será Don Quijote porque ella, quizá la propia Dulcinea, así lo ha querido- transformará al actor en ingenioso hidalgo contemporáneo para que, sin necesidad de yelmos ni celadas ni lanzas ni rocines ni escuderos, vaya recorriendo las páginas de la novela cervantina tratando de comprender su génesis y significado mientras, además, la pone en relación, tanto con la realidad externa, como con su pasado más íntimo a través de la figura de su padre.

De este manera, fundidos actor y personaje en uno solo, Rafael Álvarez El Quijote, o Alonso Quijano El brujo, partirían juntos en singular viaje por la llanura manchega para ofrecernos un conjunto de aventuras que tendrían por objeto demostrar el poder de la palabra como instrumento alquímico capaz de transformar la realidad y dar sentido a los misterios de la existencia. Así, como sugirió Torrente Ballester, la palabra esgrimida por Don Quijote para construir su propia locura acabaría convirtiéndose en delicada rosa blanca, en corazón y hasta en santo grial para acabar concediéndole al personaje su anhelada y merecida inmortalidad.

A la postre, la obra, cuya estructura vendría dada por la sucesión de pasajes del Quijote, se desarrollaría a través de un triple plano que abarcaría el de la novela, el de la realidad contemporánea y el de la propia vida del actor para desplegar la trama de la obra cervantina combinando disquisiciones eruditas, interpretaciones dramáticas y monólogos de humor de amplio sabor popular mediante los cuales El Brujo acabaría ofreciendo un suculento espectáculo cuajado de deliciosos juegos de metáforas y paralelismos con los que hacer reír, y pensar, al público sobre Cervantes, sobre el Quijote, sobre él mismo y, por encima de todo, sobre el poder de la palabra.

Yerma fecunda con aplausos el Teatro Romea

Mar, 17/01/2017 - 06:15 -- Miguel Casas

Este sábado el Teatro Romea de Murcia vistió el terciopelo rojo de sus butacas con el ambiente de las grandes ocasiones para dar la bienvenida a Yerma, segunda de las tres obras que, junto con Bodas de sangre y La casa de Bernarda Alba, dieron forma a la trilogía dramática que Federico García Lorca dedicó a la tierra española entre 1933 y 1936.

Así, con las plateas, los anfiteatros, las gradas y -por supuesto- el patio de butacas rezumando vida y expectación minutos antes del comienzo de la función, nos apresuramos a ocupar nuestras localidades dispuestos a no perder detalle del montaje que la compañía murciana Doble K Teatro iba a representar, por segunda noche consecutiva, en el primer escenario de la Región.

De este modo, con todo listo a un lado y a otro del telón, la obra arrancaría situando la acción en la casa de Yerma, en donde ésta y su esposo –Juan- conversaban en lo que parecía una típica escena hogareña protagonizada por un matrimonio joven y bien avenido. Sin embargo, durante el transcurso de este diálogo y bajo la aparente dulzura de los parlamentos, los personajes deslizarían los dos temas en torno a los cuales se articularía su relación a lo largo del drama: por un lado, la desconfianza de Juan hacia su mujer, que se traduciría en la insistencia en mantenerla recluida en casa; y por otro lado, la inquietud de Yerma por la ausencia de hijos en su matrimonio, a pesar de llevar más de dos años casada, que contrastaría con el desinterés expresado por su esposo.

Más adelante, pero aún dentro del primer cuadro de la obra, dos personajes más dialogarían sucesivamente con Yerma para presentar y comenzar a desarrollar aspectos clave de su personalidad. De esta manera, si con María -su amiga- la inquietud de la protagonista por no ser madre empezaría a convertirse en ansiedad al enterarse de que aquella esperaba a su primogénito tras solo cinco meses de casada, con Víctor –el pastor- se intuirían los rescoldos de una antigua atracción no consumada, pero tampoco del todo apagada, sobre la que, de hecho, Yerma ahondaría ya en el segundo cuadro al confesarle a la Vieja que fue Víctor el único hombre que la hizo temblar, mientras que, más tarde, a Juan solo lo aceptó como esposo por el acuerdo entre sus familias.

Precisamente, por esa ausencia de atracción hacia Juan, Yerma se afanaría en buscar en la descendencia la razón que diera sentido a su matrimonio asumiendo como propios los rígidos valores de la sociedad rural en la que había crecido, y según los cuales el matrimonio era poco más que un medio y los hijos, un instrumento para perpetuar linajes y asegurar heredades. Progresivamente, a lo largo de la obra, al no encontrar ese niño que la hiciera sentirse útil como mujer de campo, Yerma experimentaría cómo su inquietud inicial dejaría paso a la ansiedad, la incomprensión, la rabia y, por último, a un profundo odio que, macerado durante años, estallaría en la catártica escena final en la que lograría liberarse del yugo marital y de la presión social que la asfixiaban.

No obstante, a pesar del carácter eminentemente trágico -y clásico- de Yerma, animada por continuos cambios en la configuración de la escena, salpicada por deliciosas canciones de hondo sabor popular, y cuajada de frescos e interesantes personajes secundarios entre los que destacarían Magdalena o la Vieja Pagana, la obra, dividida en tres actos y seis cuadros, avanzaría con la agilidad, la flexibilidad y la rotundidad propias de una pieza maestra compuesta a conciencia para captar la atención del espectador y hacer desfilar ante ella buena parte de los tipos, los usos, las costumbres, las creencias, la conciencia y las miserias de la España rural de la época.

Por eso, logrado este sábado una vez más el objetivo que el autor se propuso alcanzar cuando escribió Yerma hace 82 años, mientras el público se deshacía en aplausos ya encendidas las luces del Teatro Romea, a nosotros, junto con el reconocimiento al notable trabajo del elenco de actores y a la brillante puesta en escena que desplegó Doble K, nos pareció que sería de justicia rendir homenaje a Federico García Lorca cerrando esta crónica con las palabras que le dedicó Luis Cernuda:

“Siglos habían sido necesarios para infiltrar en un alma la eterna esencia del lirismo español, su fuego espiritual. Hombres oscuros y anónimos se sucedían en tanto sobre la tierra. Al fin ese fuego oculto se hizo luz y brilló y templó los cuerpos ateridos. Poco tiempo ha durado su luz. Una mañana la brutal inconsciencia, la estúpida crueldad de unos hombres la apagaron contra las tapias del campo andaluz”.

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Cervantes rinde el Teatro Romea con El cerco de Numancia

Mié, 25/01/2017 - 08:03 -- Miguel Casas

Acudiendo con puntualidad a la cita con el Cervantes menos conocido, que no es otro que el Cervantes dramaturgo, este pasado sábado atravesamos el luminoso vestíbulo del Teatro Romea de Murcia para presenciar la representación que, de El cerco de Numancia, nos iba a traer Verbo Producciones; prestigiosa compañía radicada en Mérida y especializada en teatro clásico.

Así, tomando asiento entre el numeroso público que poco antes de la función llenó el patio de butacas y las plateas del soberbio coliseo murciano, nos dispusimos, una vez más, a dejarnos envolver por esa irresistible magia que, solo en el teatro, permite que la palabra escrita se convierta en voz, que los personajes cobren vida, que los sueños se hagan realidad y que el alma humana -divina, infinita e insondable- se desnude para devolvernos, como si estuviéramos ante un espejo, el reflejo de la grandeza y las miserias que todos encerramos dentro.

De este modo, ya con las luces de la sala apagadas, comenzamos el viaje a través de los siglos para, sobrevolando la España de 1580 en la que Miguel de Cervantes escribió con pluma clasicista su gran tragedia épica, descender en la Hispania del año 133 a. C. y acabar tomando tierra frente a las murallas de Numancia, en un campamento romano, donde veríamos a dos soldados discutiendo acerca de la guerra: uno, joven, soñando con las gestas que habrían de cubrirle de fama y gloria; y otro, veterano, recordando los desastres que le habían llevado al desengaño y al abandono.

A continuación, recién llegado de Roma con la misión de acabar con la guerra que ya duraba más de quince años, irrumpiría en escena Escipión Emiliano, símbolo del poder y el éxito romanos, para, desde una alta peña, arengar a las desmoralizadas tropas desplegadas en torno a las murallas de Numancia. Sin embargo, el cónsul, comprobando el paupérrimo estado de sus milicias y deseando vencer empleando antes la razón que la fuerza, resolvería evitar el combate y someter a sitio a Numancia hasta que ésta, como un fruto maduro, cayese sin condiciones en sus manos.

Entonces, posando el objetivo en el interior de Numancia, nos adentraríamos en las calles y en las plazas de la ciudad, que ya se hallaba cercada por hondos fosos y pronunciadas empalizadas, para que la pluma de Cervantes nos mostrara, a través de personajes como el caudillo Teógenes, el guerrero Leonicio y, sobre todo, a través de la historia de los jóvenes Marandro y Lira, toda la incomprensión, la rabia y la angustia que sintió un pequeño pueblo que, perseguido y arrinconado por un imperio, prefirió morir tal y como había vivido a vivir dejando de ser lo que había sido.

De esta manera, trasladando la acción alternativamente desde el campamento romano al interior de la ciudad sitiada, Cervantes iría jugando con conceptos tradicionalmente considerados absolutos y opuestos como la muerte y la vida, la derrota y la victoria, el olvido y el recuerdo, o el deshonor y la gloria, para descubrirlos relativos y equívocos en torno a las cenizas y las piedras de Numancia; ciudad que, lejos de ser derrotada y olvidada, se convertiría para el escritor en ejemplo vivo de integridad y resistencia frente al abuso y la crueldad que, tantas veces, conlleva el ejercicio del poder en cualquiera de sus formas y en cualquier época.

Por eso, este sábado en el Teatro Romea, entre las jornadas de la obra cervantina, un mensaje sería repetido con vehemencia por el espectral coro griego que introdujo brillantemente Florián Recio en su versión para Verbo Producciones: “Numancia no es una historia antigua, es una historia eterna”. Así, eterna y, por tanto, contemporánea también, la tragedia de Numancia aparecería ante los ojos del público no como una lejana ficción histórica, sino como una realidad plenamente actual que, incluso sería extrapolable, más allá de su carácter colectivo, al plano más íntimo e individual.

En este sentido, por un lado, eliminando de la representación los personajes alegóricos que en el original chocaron con el tratamiento realista de la trama y, por otro lado, dando entrada a un magnífico coro que se integraría la perfección en la obra debido al tema clásico y al tono solemne de la misma, la versión de la obra cervantina elaborada por Verbo Producciones se desplegaría sobre las tablas del Romea como una composición altamente depurada en la selección de personajes y escenas, notablemente ágil en el desarrollo del ritmo dramático y, en conjunto, sumamente coherente.

Pero además, si a los innegables aciertos del texto revisado por Recio, le sumamos, en primer lugar, los valores simbólicos que la puesta en escena logró imprimir en la obra mediante la combinación de elementos clásicos y modernos armónicamente dispuestos y, en segundo lugar, la rotundidad de unas interpretaciones que fueron verdaderamente impecables de principio a fin, nadie debería extrañarse de que, una vez finalizado El cerco de Numancia el Teatro Romea, aplaudiendo en pie, acabase rendido al talento de Cervantes y al trabajo magistral de Verbo Producciones.

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¡Pasen y vean, Circlassica llega al Teatro Romea!

Crear: 11/11/2019 - 01:15

Después del éxito de crítica y público cosechado la pasada Navidad en Madrid, Circlassica acampará desde el jueves 14 al domingo 17 de noviembre en el escenario del Teatro Romea de Murcia para rendir homenaje al circo moderno en su 250 aniversario.

Así, de la mano de Emilio Aragón y de la compañía Productores de Sonrisas, Circlassica trasladará a los espectadores al corazón del circo contemporáneo a través de la bella historia de amor e ilusión de Nim y Margot; dos personajes inspirados en la propia familia Aragón.

Y es que, tanto Nim -un joven payaso bonachón e ingenuo al que le gusta pintar- como Margot -la bailarina de la que este está perdidamente enamorado- están basados en Gabriel Aragón (España, 1830-1915); creador de la escuela de los payasos musicales, y Virginia Foureaux; (Suecia, 1850-1930) acróbata ecuestre. Es decir, la pareja de la que nació la más famosa dinastía de payasos españoles: la popular Familia Aragón.

 

Funciones:                                                                                     

Jueves, 14 de noviembre        18:45 h.                                                         

Viernes, 15 de noviembre       18:45 h.                                                         

Sábado, 16 de noviembre       12:00 h, 16:30h y 19:30h.                 

Domingo, 17 de noviembre    12:00 h, 16:30h y 19:30h.                 

 

Entradas: a la venta en teatroromea.es

Patio de Butacas: 45 €

Platea, Silla Palcos Platea y Silla Palcos Principales: 40 €

Anfiteatro y Silla Palcos de Anfiteatro: 30 €

Grada, General y Paraíso: 25 €

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