Teatro Bernal

Breve Historia de los Teatros de Murcia (VII)

Mar, 09/12/2014 - 07:08 -- MCC

A punto de entrar en la recta final de nuestro recorrido por los teatros de Murcia, y justo antes de abandonar el siglo XIX, auténtico siglo de oro del teatro en nuestra ciudad, tenemos que retornar sobre nuestros pasos para recordar el devastador incendio que sufrió el teatro Romea el 10 de diciembre de 1899, es decir, veintidós años después del primero. Como en aquella ocasión anterior, en ésta el teatro volvió a quedar reducido a cenizas, sin embargo, esta vez sí que hubo que sumar a los daños materiales la pérdida irreparable de una vida humana. Pero si la destrucción del teatro Romea fue absoluta, absoluta también fue la entrega de la Ciudad para recuperarlo cuanto antes. Así, pronto comenzaron los trabajos de reconstrucción, que volvieron a ser encargados a Justo Millán, y junto a los retoques y novedades que se introdujeron en su interior, también se aprovechó para reformar la fachada principal recargándola con una serie de detalles destinados a mitigar su austeridad original y dotarla de una imagen más ecléctica y palaciega.

La tercera inauguración del teatro Romea, segunda a cargo de Justo Millán, se produjo el 16 de febrero de 1901, sólo catorce meses después del incendio, y tanto la forma externa como las particularidades internas que mostró el recinto en aquella jornada son las mismas que, con los debidos arreglos y restauraciones, han llegado a nuestros días haciéndole conservar su carácter y estilo isabelinos. Por todo ello, hoy por hoy no es extraño, ni quizá del todo incorrecto, escuchar que fue el omnipresente arquitecto Justo Millán el autor del Teatro Romea.

Doble imagen de la fachada del Romea, acometida por Justo Millán.

En cualquier caso, y digan lo que digan, lo verdaderamente cierto es que con la noticia de la reconstrucción del Teatro Romea nuestro camino ha atravesado felizmente las puertas del siglo XX. Sin embargo, este nuevo siglo no iba a traer para el mundillo del teatro en la ciudad de Murcia ni tanta felicidad ni tanta afición como había dejado el recientemente terminado siglo XIX. El novedoso invento del cinematógrafo había comenzado a extenderse lenta, pero inexorablemente por todas las capitales europeas modificando los gustos y las preferencias de sus ciudadanos. Murcia no fue ajena a este movimiento y poco a poco muchos de sus antiguos teatros tuvieron que ceder ante el avance del cine reconvirtiéndose en salas de proyección para poder subsistir.

Sin embargo, a pesar de la expansiva tendencia del cine, a principios del siglo XX todavía pudieron verse aperturas de nuevos recintos teatrales en la ciudad de Murcia. Dos de estos centros tuvieron una vez más al Carmen como protagonista, ya que los teatros del Juvenil, 1910, y el Ferroviario, 1911, desarrollaron sus vidas artísticas en este barrio, aunque también es verdad que estas vidas fueron más bien testimoniales.

Mucho más lejos y mucho más alto llegó la importancia del teatro que se inauguró en la calle Lorca de la actual pedanía murciana de El Palmar, el teatro Bernal. Teatro cuya construcción fue posible gracias al impulso de la familia Bernal, la más acaudalada de esta población en la época. Inaugurado el 24 de julio de 1910, el teatro Bernal se caracterizaba exteriormente por la presencia de tres grandes y elegantes puertas en su fachada principal, las cuales daban acceso a un amplio y acogedor vestíbulo. Hacia el interior destacaban la armonía decorativa y la sencillez constructiva: un escenario cómodo, un patio de butacas suficiente y una galería única conformaban tal espacio dotándolo de un aforo para quinientos espectadores.

Vista actual del restaurado Teatro Bernal.

En cuanto a la trayectoria teatral de este recinto, debemos reconocer que, al igual que la del resto de teatros durante el siglo XX, no fue nada fácil. A los pocos años de su inauguración, el teatro sucumbió ante el ímpetu del celuloide y fue transformado en sala de cine. Más adelante, cuando empezaron a faltar los miembros de la familia Bernal, el local terminó echando el cierre para acabar sumido en el más absoluto abandono.  Sin embargo, cuando todo parecía perdido, a finales del siglo XX el Ayuntamiento de Murcia decidió acometer una reconstrucción integral del inmueble con la intención de recuperarlo como teatro. De esta manera, el 3 de octubre de 2003 el viejo Bernal pudo reabrir sus puertas como teatro muchos años después y hacerlo además luciendo la misma imagen con la que lo vieron nacer casi un siglo atrás.

Después de haber rematado la historia del teatro Bernal desde su nacimiento hasta nuestros días, toca ahora regresar en el espacio al casco urbano de Murcia, y en el tiempo a los primeros años del siglo XX, para finalizar nuestro paseo por los escenarios históricos de la ciudad. Nuestra última parada nos va a llevar a la céntrica calle Vara de Rey, ya que, exactamente donde hoy se levanta el Cine Rex, el día 31 de octubre de 1914 fue inaugurado el teatro Ortiz, un pequeño teatro creado gracias a la perseverancia de Daniel Ortiz, un procurador de Murcia gran aficionado al teatro. Para valorar adecuadamente la audacia del señor Ortiz y los resultados de su proyecto debemos tener en cuenta que, a pesar de que este nuevo local abrió sus puertas en una etapa de clara decadencia teatral, sí que pudo gozar de una vida escénica que se prolongó durante quince largos años. Así, no fue hasta 1929 cuando el ya veterano teatro puso fin a su singladura dando paso al cine que hoy conocemos como Rex, pero que entonces se llamó Central Cinema.

Vista actual del cine Rex, antiguo Teatro Ortíz.

Pues bien, tras esta última parada en el teatro Ortiz, podemos dar por concluido nuestro viaje a través del tiempo y el espacio por los teatros históricos que ha conocido la ciudad de Murcia a lo largo de los siglos. Es cierto que aún podríamos habernos detenido en otros pequeños locales donde tuvieron lugar funciones de manera puntual. Espacios que fueron usados dentro de palacios, casas particulares, colegios, o incluso en plazas públicas. Sin embargo, no hemos considerado oportuno referirlos aquí debido a que estos locales no ofrecieron programaciones regulares ni disfrutaron de trayectorias apreciables ni dejaron información valiosa sobre sus emplazamientos y características.

Con la sana intención de haber podido llevar al inquieto internauta por una ruta de ensueño que le haya hecho evocar las vidas de aquellos lugares por los que la historia del teatro en Murcia fue dejando sus huellas, debo ahora despedir este maravilloso camino que hemos recorrido juntos por las calles de nuestra querida y legendaria ciudad de Murcia. Espero de corazón que ustedes, al igual que yo lo he hecho, hayan podido gozar del placer buscar y de la satisfacción de encontrar un secreto oculto y fascinante, una historia desconocida y sorprendente bajo el asfalto y detrás de los edificios. Espero también que se hayan dejado llevar, en cada parada y en cada rincón, por el encanto de imaginar las formas que debieron de tener todos aquellos coliseos cuyas sombras y cuyos ecos quizá aún, si guardamos silencio y nos concentramos lo suficiente, seamos capaces de percibir en lo más profundo de nuestras almas.

 

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Breve Historia de los Teatros de Murcia (VI)

"Melisenda de blanco" pasa de puntillas por el Teatro Bernal

Dom, 22/03/2015 - 22:05 -- Ángel Barceló A...

Este pasado sábado en el Teatro Bernal de El Palmar tuvo lugar la representación de la comedia Melisenda de blanco, obra escrita y dirigida por Leonor Benítez, que, a pesar de contar con una puesta en escena preciosista, con unos textos muy cuidados, y de ser representada con solvencia por los actores del curtido Grupo de Teatro San Javier, lo cierto es que, lamentablemente, no cumplió con las expectativas que nos habían llevado semanas atrás a seleccionarla como obra más que interesante para cubrir.

Con el fin de poner todo en su lugar debido y exponer de la manera más clara y ordenada los argumentos en los que basamos nuestro juicio desaprobatorio, comenzaremos diciendo que Melisenda de blanco, obra estrenada en 2012, contaba como grandes alicientes previos para su análisis el estar ambientada en una indefinida y alocada Edad Media, y, sobre todo, el haber sido reseñada como comedia perteneciente a la astracanada, género que creara Muñoz Seca y que tuvo en La venganza de don Mendo su más logrado exponente.

Por estas informaciones previas que situaban nuestra obra en la línea del astracán, no fue extraño que nos imaginásemos durante las horas previas al inicio de la función, y aun mientras ocupábamos nuestras localidades admirando la rica decoración de la escena, la comedia Melisenda de blanco como una pieza hilarante que habría de estar plagada de intrigas palaciegas, enredos amorosos y toda clase de situaciones disparatadas sazonadas con desternillantes juegos de palabras.

Sin embargo, muy al contrario de lo que suponíamos, en Melisenda de blanco íbamos a encontrarnos con un planteamiento, un nudo y un desenlace en los que no se produciría evolución alguna ni se desarrollaría ninguna acción ni pasaría absolutamente nada digno de mencionar. Así, resumiendo en breves líneas el argumento de la obra para que cualquiera pueda juzgar por sí mismo, diremos que la obra plantea el caso que se da en la corte del Conde Albino cuando la hija de éste, Melisenda, cae perdidamente enamorada de un príncipe moro que su padre ha traído como prisionero al castillo tras una batalla. Haced, que así se llama el moro, a pesar de que trata de repeler a todas las cristianas por respeto a su amada Zoraida, quien también se halla en el castillo aunque no como prisionera, lo cierto es que va acumulando pretendientas hasta llegar a contar entre ellas con la mismísima esposa del Conde y madre de Melisenda.

A partir de aquí, al reclamado moro se le comenzarán a plantear una serie de posibilidades que van desde la huída en solitario, que le propondrá el ama, pasando por la seducción de la Condesa, hasta el casamiento con Melisenda, que le sugerirá su amada Zoraida para que logre su libertad. Sin embargo, incomprensiblemente, ninguna de estas posibilidades ni ninguna otra acabarán llevándose a cabo durante el transcurso de la obra y los personajes, en lugar de moverse o provocar cambios que proporcionen alguna caída, variación, o giro gracioso a la trama, permanecerán cada uno en el mismo espacio y en la misma postura que empezaron hasta la llegada del desenlace.

De esta forma, si a la falta de desarrollo de la trama, que sin duda es la más grave falla de la obra, le sumamos el hecho de que la comicidad queda, al faltar la peripecia sobre la que sustentarse de manera natural, mantenida a duras penas y de forma artificiosa por toda una batería de chistes gastados, chanzas fáciles, juegos de palabras evidentes y, en definitiva, por un humor rústico basado fundamentalmente en un concepto de sexualidad que, sin ser soez, sí que resulta altamente trasnochado, el resultado que obtenemos es el de una obra fallida que, a pesar de sus buenas intenciones, no puede ni debe convencernos.

Para terminar, con el objeto de ser lo más ecuanimes posibles, traeremos también las dos virtudes más importantes que mostró el texto de la obra durante su representación: el trabajo literario y la elaboración lingüística. Y es que, más allá de que el resultado final de la comedia no pueda ser calificado como satisfactorio, sí que tenemos la obligación de, por un lado, ponderar las conexiones de esta obra no sólo con la astracanada, sino también con el Romancero Morisco de Lope de Vega y con la corriente de la maurofilia que caracterizó una parte muy concreta de la producción literaria de nuestro Siglo de Oro; y, por otro lado, reconocer la elaboración del texto en su aspecto formal, que, a través de la inclusión de arcaísmos, cambios de género, sintaxis desusada, dichos populares, expresiones tradicionales, el voseo, y el empleo de la rima, logró el objetivo de transmitir la impresión de composición en verso, lejana y antigua.

"El médico de su honra" tiñe de malva el Teatro Bernal

Lun, 23/11/2015 - 15:32 -- Miguel Casas

En la noche del sábado, de la mano de la compañía castellanoleonesa Teatro Corsario, fue representada sobre el escenario del Bernal El médico de su honra, obra maestra que, adscrita al género del drama de honor, publicara allá por 1637 uno de nuestros más insignes dramaturgos: Pedro Calderón de la Barca.

Así, seducidos por el prestigio de tamaño cartel e inquietos por conocer a esta compañía que, con más de treinta años de trayectoria, presumimos de reputada solvencia, acudimos a eso de las 21:00h al Teatro Bernal para observar, antes de nada, cómo un goteo incesante de público terminaba de llenar el patio de butacas del coqueto recinto.

Una vez alzado el telón, lo primero que vino a llamar nuestra atención fue la sobriedad de una puesta escena conformada tan solo por tres altas paredes de madera que, sin adornos ni aberturas, aparecieron situadas en los laterales -para crear sensación de perspectiva- y al fondo -para cerrar el espacio escénico-. En el centro, participando del rigor reinante, un lecho compuesto por pequeñas plataformas y rematado por dos grandes cojines configuraría la escena inicial del drama ubicándonos en el aposento de una noble casa de campo, a pocos kilómetros de Sevilla.

Arrancando la acción, la aparente paz de esta casa habitada por el matrimonio formado por Gutierre Alfonso Solís y doña Mencía se verá truncada por la irrupción de un antiguo pretendiente de la mujer: el infante don Enrique de Trastámara, quien, herido tras caer de su caballo cerca de allí ha ido, casualmente, a buscar cobijo en la casa donde reside hoy quien fuera en Sevilla y hace años su amada, que no su amante.

Así, aunque en aquella ocasión los amores de ambos jóvenes no fueron consumados, o quizá precisamente por ello, el irresponsable caballero, al reconocer en su cuidadora a  Mencía, tratará de cortejarla aun a sabiendas de los peligros a los que la expone con su actitud por su condición de mujer casada. La dama, a pesar de mostrarse siempre fría –como castillo de hielo- ante los ímpetus del infante, tendrá que ver como el destino y la fatalidad conspiran en contra de ella hasta ponerla en trance de muerte.

Una muerte que irá tramando implacablemente don Gutierre, verdadero protagonista de la obra, conforme vaya hallando indicios más de las pretensiones del infante que de la supuesta correspondencia de su esposa. Sin embargo, al ser el matrimonio de Gutierre y Mencía una unión basada en la conveniencia y no en un verdadero amor, iremos viendo cómo el esposo, creyendo ver amenazado su honor –o sea, su apariencia social-, sufrirá un violento proceso de enajenación en el que acabará siendo dominado por las convenciones sociales que exigen lavar la honra con sangre aunque esta se encuentre, como de hecho se encuentra la suya, inmaculada.

Así, la acción, oscilando entre el salón real de Pedro I y diversas estancias de la casa del matrimonio, avanzará al ritmo de los monólogos, cada vez más enfermizos y siniestros, de don Gutierre. Mientras tanto, la trama, que además aparecerá enredada por diversos enfrentamientos y, sobre todo, por la aparición de una mujer, Leonor, a la que don Gutierre prometió en el pasado matrimonio, contará para su desarrollo con algunos de los personajes típicos del teatro de la época. Personajes que, como Coquín (el gracioso), o Jacinta (la criada) vendrían a unirse a los del galán, la dama, el esposo, o el poderoso para ofrecer un completo elenco de los tipos mejor tratados por nuestro teatro de oro.

Para concluir esta crónica abordando la representación de la obra llevada a cabo por la compañía teatral corsaria, debemos decir que, si expusimos que la puesta en escena fue realmente sobria de inicio, no es menos cierto que tal sobriedad fue matizándose merced a los cambios de elementos obrados entre escenas y a la abertura de distintas trampillas, portones y ventanucos en lo que al principio parecieron ser tres paredes ciegas. Además, a completar esta puesta en escena contribuirían, por un lado, los juegos de luces con los que acertadamente quedaron subrayados o atenuados diversos momentos cruciales y, por otro lado, la música y las canciones que felizmente se escucharon de fondo para ambientar distintas escenas.

Por otra parte, si entendemos que esa sobriedad escénica, ya matizada, fue concebida muy posiblemente para transmitir sensaciones como la angustia, la claustrofobia, la frialdad, el aislamiento, el desamparo o la intransigencia a las que se van consumiendo los personajes principales en el drama, finalmente no podemos sino valorar como de muy apropiada, por eficaz, tal apuesta. En cuanto al trabajo del elenco de actores, lo más importante que podemos decir es que todos consiguieron que el verso de Calderón fluyera ágil y vivo –sin tonillo ni pausas artificiales- propiciando con ello que las interpretaciones resultaran creíbles, sólidas e intensas de principio a fin. 

Una noche de risas con Jardiel Poncela

Mié, 02/03/2016 - 08:19 -- Miguel Casas

Este pasado sábado, aprovechando la llegada al Teatro Bernal de la obra “Una noche de primavera sin sueño” de Enrique Jardiel Poncela, decidimos encaminarnos hacia el precioso coliseo de El Palmar para dar cuenta de la representación que la compañía Aladroque Teatro venía a ofrecer de esta comedia -primer gran éxito de su autor- que vio la luz en 1927. Por cierto, un año mágico en la historia de nuestras letras.

Así, con abundante público en el patio de butacas y con todo listo entre bastidores, el telón del Bernal fue a abrirse, a eso de las 21:05h, para permitirnos contemplar una cuidada escenografía que reproducía con detalle el dormitorio principal de una casa acomodada del Madrid de principios del siglo XX donde una pareja de casados, tras trece años de convivencia marital, apuraba los últimos instantes antes de irse a dormir.

Sin embargo, por más que la escena pudiera parecer, en principio, rutinaria y anodina, pronto vendría a llamar la atención por las dispares actitudes del matrimonio: ella, sentada sobre un pequeño sillón sollozando y lamentándose; y  él tratando, indiferente y cansado, de conciliar el sueño dentro de la cama. Poco más adelante, Alejandra, que así se llamaba la mujer, ante la falta de interés de Mariano, su marido, estallaría dándole el motivo de su desgracia: “¡Te aborrezco, no te amo, y nunca he amado!”

A partir ahí, el apacible matrimonio se dispondría a vivir las veinticuatro horas más enloquecidas de su historia. Y es que, con el tema del divorcio como hilo conductor de la obra, ante nosotros comenzaría a desfilar un elenco de personajes a cada cual más estrafalario y misterioso para enredar deliciosamente una trama en la que, además, se tocarían temas como la crítica a la novela sentimental, las convenciones sociales, el honor, el doble rasero aplicado a hombres y mujeres en cuestiones como la infidelidad, el cinismo de los abogados, la hipocresía de la justicia, la fuerza de la costumbre como sucedáneo del amor, o el miedo a la soledad y al fracaso.

De esta forma, llevados por los diálogos siempre delirantes, ingeniosos y agudos que escribiera Jardiel Poncela a raíz de su propio divorcio, la comedia nos iría mostrando ese humor elegante y grotesco, sofisticado y llano, indirecto y evidente que, apoyado en los dobles sentidos y en los juegos de palabras, habría de consagrar a este autor como el gran comediógrafo español de la primera mitad del siglo XX junto a Miguel Mihura.

Por todo esto, y también por la impecable representación que nos ofreció Aladroque de Poncela, a pesar de que esta obra de juventud adolecería de un exceso de elaboración en ciertos pasajes que ralentizarían -mediante paráfrasis y rodeos- el ritmo en determinadas escenas dando lugar a un alargamiento excesivo del montaje, a la postre, no pudimos sino sumarnos al aplauso con el que el público del Bernal despidió a sus actores.

Unos actores que, por cierto, aun merecerían una felicitación especial, y no solo por la mencionada corrección en sus interpretaciones, sino porque, además, a la conclusión de la función, lejos de retirarse a los camerinos, cruzaron el patio de butacas para despedirse del público en el vestíbulo del Teatro y poner, de esa manera, el mejor broche a una noche de risas con Jardiel Poncela en el Teatro Bernal.

El Buscón desata la sátira y las carcajadas en el Teatro Bernal

Mar, 22/11/2016 - 06:13 -- Miguel Casas

Enfrentándose en batalla desigual al fútbol que a esa misma hora concentraba en todo el país a millones de ojos ante las pantallas de televisión, este sábado subió a las tablas del Teatro Bernal “El Buscón”; adaptación dramática de la célebre novela picaresca que pintara a principios del siglo XVII con pluma expresionista, ingenio fecundo y aún tierna edad don Francisco de Quevedo.

Así, como buenos amigos del teatro, sin necesidad de ser llamados, no dudamos en acudir al coliseo de El Palmar atraídos tanto por la categoría del autor y su obra, como por el deseo de conocer cómo habría de ser la versión de “La vida del Buscón” que, gestada en la compañía Doble K Teatro, tenía en Manuel Menárguez y Pedro Santomera a la totalidad de su reparto.

De este modo, con todo listo sobre una escena que aparecería compuesta por dos amplios percheros llenos de vestidos y tres baúles con ruedas en el centro, dos lámparas de pie a los lados, y una gran pantalla blanca cerrando el espacio al fondo, la función arrancaría sorprendiendo al público cuando, en lugar del pícaro don Pablos o alguno de los personajes con los que se cruza en la novela, los que hicieron acto de presencia fueron dos individuos trajeados empleados en una moderna empresa cualquiera.

Una vez iniciado el diálogo, los dos hombres -Manuel Rodríguez y Juan Pérez-, no sin desconfiar el uno del otro, manifestarían sus dudas acerca de la misteriosa prueba para la que ambos habían sido convocados y que parecía versar sobre un libro. Intuyendo la obra de Quevedo tras el libro aludido, paralelamente, ambos personajes comenzarían a mostrar actitudes picarescas, concretas, actuales y reconocibles que irían conectándolos con “El Buscón” antes que, de improviso, desaparecieran, ya comenzado el examen por una voz en off, para dejar paso a Pablos y a su siglo XVII.

De esta manera -estructurada mediante cuadros a través de los cuales don Pablos, que sería interpretado en exclusiva por Menárguez, nos iría contando su vida mientras Santomera cambiaba de vestuario para encarnar a una selección de esos personajes grotescos con los que se va cruzando el pícaro- la obra desarrollaría cronológicamente algunos de los más conocidos episodios de “La vida del Buscón”, como los que, para empezar, nos pondrían al tanto del origen deshonroso del pícaro, al ser hijo de un barbero ladrón y una judía medio bruja.

Gracias a la magia del teatro, viendo desfilar ante nosotros a personajes tan extraordinarios como el Dómine Cabra –el clérigo cerbatana- o don Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero y Jordán – jamás se vio nombre tan campanudo-, seríamos testigos de los constantes intentos del pícaro por mejorar su fortuna desde su más tierna infancia. No obstante, sufriendo mil desventuras, cambiando su nombre, o viajando de ciudad en ciudad, el desdichado Pablos habría de descubrir que “nunca mejora de estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres.”

Así, proyectando luces sobre la gran pantalla que la harían cambiar de color según lo requiriera la acción, moviendo baúles y roperos para ofrecer diferentes configuraciones escénicas, recitando Menárguez aparte hondos versos de Quevedo entre cuadro y cuadro, invistiéndose en escena Santomera con los ropajes de los personajes que debía interpretar, y transgrediendo el espacio reservado al público, la obra avanzaría fresca, ágil, variada y divertida desplegando la sátira a través de esas situaciones y personajes tan deformados y disparatados que, a pesar de haber sido ideados a principios del XVII, hoy, aún resultan plenamente reconocibles a principios del XXI.

Miguel de Cervantes llena de maravillas el Teatro Bernal

Lun, 28/11/2016 - 13:42 -- Miguel Casas

Delicioso espectáculo, el que tuvimos ocasión de contemplar este pasado sábado en el Teatro Bernal con motivo de la representación de El retablo de las maravillas; obra miscelánea elaborada por la compañía Morfeo Teatro que, tomando como base el célebre entremés cervantino publicado en 1615 dentro del libro Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados, desplegaría una aguda y certera crítica social cuajada de humor de hondo sabor popular.

Así, alzado el telón de la noche estrellada y viendo aparecer ante nosotros a los cómicos Chanfalla y Chirinos recorriendo los caminos en busca de villanos a los que engañar, lo primero que iba de llamar nuestra atención del montaje sería su cuidada puesta en escena en la que destacaron dos elementos: por un lado, el recargado telón de fondo en blanco y negro, que no era sino una original revisión del Guernica de Picasso, y, por otro lado, el uso de siete candilejas que, a pie de escenario, servirían para reforzar el carácter clásico de la obra, marcar fantasmagóricamente los rostros de los personajes y contribuir a crear un irresistible ambiente de fantasía y ensoñación.

De este modo, como si el coqueto coliseo de El Palmar se hubiera convertido en un maravilloso corral de comedias por obra y gracia de la magia teatral, los dos pícaros, dispuestos a sacar tajada de la zafiedad, el egoísmo y la cobardía de aquellos que, precisamente, por ser regidores de las villas debieran ser sabios, generosos y valientes, acordarían presentar ante las fuerzas vivas del pueblo más cercano un vulgar retablo haciéndolo pasar por extraordinario al asegurar que mostraba prodigios sin igual, aunque eso sí, advirtiendo de que, sentados ante él, solo los que fueren verdaderos hijos legítimos y cristianos viejos serían capaces de verlos.

Por tanto, jugando con el tema del objeto que solo es visible para aquellos en los que concurren determinadas cualidades sobre el que ya tratara siglos antes don Juan Manuel en el exemplo XXXII de su Libro del Conde Lucanor, o siglos después Hans Christian Andersen en su cuento El traje nuevo del emperador, en esta ocasión, Cervantes, al introducir como requisito para ser espectador válido de su retablo el ser cristiano viejo, amplificaría la sátira de costumbres desde el plano individual al colectivo para alcanzar a toda una sociedad –la de su tiempo- en la que se estimaba como prueba irrefutable de valía humana el hecho de no ser descendiente de moriscos ni judíos.

Ante nosotros, mientras los alegres burladores Chanfalla y Chirinos embaucaban al trío de torpes regidores de la villa a la que habían llegado, la crítica se iría desplegando demoledora bajo su vistoso envoltorio de comedia jocosa hasta mostrarnos un retablo cuya máxima maravilla no consistiría en dar a ver al forzudo Sansón o al toro que mató al ganapán en Salamanca, sino en presentar desnudas las ridículas y grotescas actitudes en las que tantos suelen caer con tal de ser considerados –en cualquier época- parte de un colectivo de prestigio o seguidores de los dictados marcados como positivos y aceptables por una sociedad.

Más adelante, llegados al momento en el que debería irrumpir la autoridad militar para poner fin a la breve pieza teatral cervantina a golpes, la figura que aparecería no sería la del esperado furrier, sino la sorprendente del mismísimo don Miguel, verdadera autoridad moral, que, transformado en quijotesco personaje, se mezclaría con las criaturas salidas de su pluma con el fin de juzgarlas desarrollando la estructura dialogada de otro de sus entremeses, La elección de los alcaldes de Daganzo.

De esta manera, recortándose espectral sobre el picassiano lienzo, símbolo de la barbarie y la sinrazón humanas, y contando con el apoyo de los fiscales Chanfalla y Chirinos, Miguel de Cervantes sufriría un rápido proceso de quijotización hasta fundirse con su heroico personaje para desplegar, como si fuera aquel, la tierna humanidad, el lúcido entendimiento, las discretas razones y los atinados juicios que hicieran alcanzar merecida fama -mundial y eterna- a su ingenioso hidalgo.

A la postre y en conjunto, la pieza, que se articularía mediante una estructura bipartita caracterizada en su primer tramo por su alegría y dinamismo y en su segunda mitad por su gravedad y trascendencia, no haría sino ofrecer un fiel reflejo de la trayectoria vital de su autor, quien, convencido de la nobleza humana, esgrimió la pluma para denunciar los vicios la sociedad de su tiempo con la esperanza de que así afloraran las virtudes de esta hasta acabar pobre, solo y decepcionado.

En cuanto al montaje, que no solo contó con una escenografía rompedora, brillantes juegos de luces, cuidado vestuario y acertados efectos sonoros, por encima de todas las maravillas que nos habría de mostrar destacaría el trabajo colectivo de un elenco de actores que, con Joan Llaneras, Francisco Negro, Mayte Bona, Felipe Santiago, Adolfo Pastor, Santiago Nogués y Mamen Godoy, supo captar la esencia de los personajes cervantinos y representarlos con toda la verdad que los concibió Miguel de Cervantes.

 

Federico García Lorca abre las puertas del Teatro Bernal

Crear: 02/08/2017 - 07:21

Este sábado, con el Teatro Bernal vestido de gala para inaugurar su nueva temporada, abrimos las puertas del coliseo de El Palmar dando la bienvenida a “Lorca”; montaje elaborado por Juan Carlos Rubio para la compañía Histrión Teatro que constituye un verdadero monumento a la vida y a la obra del genial poeta granadino.

Así, planteada como un inmenso mosaico vital que, a modo de rompecabezas, iría completándose con las piezas que el autor dejó impresas en forma de poemas, canciones, obras de teatro, conferencias y cartas, la obra de teatro trataría de ofrecer una reconstrucción fiel del alma de Lorca como a este más le hubiera gustado. Es decir, transformándolo a él mismo en personaje para captar y mostrar a través del teatro el latido, el espíritu y el drama que escondió su propia vida.

De este modo, como si resonaran en el escenario las palabras que pronunciara el Autor en la Comedia sin título: “No voy a abrir el telón para alegrar al público con un juego de palabras, ni con un panorama donde se vea una casa en la que nada ocurre y a donde dirige el teatro sus luces para entretener y haceros creer que la vida es eso”, nada más arrancar la acción dramática, y justo después de que la pareja de intérpretes irrumpiera en escena cruzando el patio de butacas, lo primero que veríamos es cómo éstos se afanarían en desmontar la escenografía de la obra, que inicialmente representaba el amable interior de una casa burguesa, hasta transformarla en una fría y lúgubre celda cuya única pared estaría conformada por cientos de archivadores de tonos oscuros.

Entonces, situando la acción en el lugar donde Federico García Lorca pasó cautivo las últimas horas de su vida, el personaje, desdoblado en hombre y mujer para escenificar su doble sensibilidad y propiciar el diálogo consigo mismo y con otros personajes clave, comenzaría a evocar pasajes de su vida desde su más tierna infancia en la provincia de Granada, donde nació en 1898, hasta su llegada a la madrileña Residencia de estudiantes, en 1920. Convertido en líder espiritual de la pléyade de poetas que serían conocidos como la Generación del 27, Lorca además trabaría amistad con Buñuel y, sobre todo, con Dalí, bajo cuya influjo surrealista compondría el poemario Poeta en Nueva York y la obra de teatro El público tras el éxito de su Romancero gitano.

De esta manera, estructurada mediante un doble plano temporal –por un lado, el del pasado evocado por el poeta, y por otro, el del tiempo real correspondiente al de su aciago presente-, la obra en su desarrollo haría uso de acertadísimos juegos de luces, efectos sonoros, canciones y numerosos objetos simbólicos para marcar las constantes transiciones entre planos, mientras que daría a la voz poética de Federico García Lorca la función de hilo conductor de la trama y nexo de unión entre ambas dimensiones.

En consecuencia, bebiendo de textos como Así que pasen cinco años, El público, Comedia sin título, Sonetos del amor oscuro, o Charla sobre teatro, la voz de Federico se derramaría susurrada, recitada y cantada por los actores –los magníficos Gema Matarranz y Alejandro Vera- para que “Lorca”, transmitiendo las inquietudes, las ilusiones, los miedos y las contradicciones del hombre, lograra reflejar la historia con la verdad que solo poseen aquellas obras que son capaces de abrir las puertas de los teatros.

Adolfo Marsillach examina las relaciones de pareja en el Teatro Bernal

Crear: 03/01/2017 - 11:44

Este pasado sábado, recorriendo la línea de metro imaginaria que une el centro de Murcia con El Palmar, decidimos apearnos en la estación del Teatro Bernal para asistir a la representación de “Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?”, comedia de Adolfo Marsillach estrenada en 1981 con José Sacristán y Concha Velasco en los papeles protagonistas que, en esta ocasión, treinta y seis años después, sería montada por el Centro Cartagenero de Dramatización de la Historia.

Así, con el tiempo justo para comprobar la cálida acogida que iba a tener la obra de Marsillach entre el público murciano, tomamos asiento en el coqueto Bernal dispuestos a viajar a través del tiempo de la mano de Pepe y Concha: una pareja de separados que, a golpe de escenas retrospectivas, irían rememorando sus vivencias en materia íntima antes, durante y después del matrimonio que les unió y que, además, servirían para ilustrar múltiples mitos, creencias, costumbres y usos amorosos con los que creció buena parte de la sociedad española, desde la posguerra hasta la transición.

De este modo, arrancando la acción dramática con una de las últimas discusiones que tendrían Pepe y Concha como marido y mujer, el comienzo de la función nos situaría cronológicamente hacia finales de la década de los cincuenta, y solo dos años después de que la pareja protagonista hubiera contraído matrimonio tras un breve noviazgo de un mes de duración. En el centro de la escena, que aparecería delimitada al fondo por cuatro cartelones de metro en los que podrían verse impresos algunos temas clave de la obra, Concha recriminaría a su esposo, por un lado, las pocas atenciones que le prestaba a ella y, por otro, las numerosas miradas que le dedicaba a su asistenta. Pepe, por su parte, aletargado y taciturno, apenas se esforzaría en contestar a los reproches de su mujer con respuestas confusas y razones más bien peregrinas.

El diálogo, ácido y descarnado, concluiría con la marcha de Pepe y la sorprendente explicación de lo ocurrido por parte de Concha, la cual achacaba el mal humor de su marido al hecho de que ella le hubiera confesado que no era virgen cuando se casó con él. De esta manera, sin su esposo en escena, Concha daría rienda suelta a su imaginación para rememorar la noche en la que, a los diecinueve años y en un hotel de Laredo, tuvo su primera experiencia amorosa con un italiano llamado Franco. A continuación, reconociendo ante Pepe que quizá el italiano no fuese tan guapo ni la experiencia tan sublime, la mujer cedería la voz a su marido para que éste explicase que la falta de interés que durante su juventud tuvo por el sexo estuvo provocada por la turbulenta relación que mantuvieron sus padres cuando él era solo un niño.

Incrementando aún más el tono farsesco de la primera escena retrospectiva en la que habían aparecido Concha y el italiano Franco, en esta segunda los protagonistas serían Pepe, caracterizado como niño, y su madre, representada como una vieja desquiciada que no haría sino cargar contra su marido, por abandonarla constantemente, y contra su hijo, por el mero hecho de existir. Volviendo al presente de la obra, Concha y Pepe retomarían su pulso marital aportando argumentos que propiciarían la rememoración de los principales hitos de sus vidas sentimentales. De esta manera, al son de canciones que servirían para destacar la transición de escenas y subrayar el paso del tiempo, conoceríamos la inocencia del primer amor de Concha y una variopinta galería de personajes femeninos que se relacionarían con Pepe.

Dejando atrás a Eulalia –su avispada prima-, a Charles Laughton –la ruda prostituta - y a Maruja –la simpática cabaretera-, Pepe mostraría al público un accidentado y confuso recorrido amoroso en el que el gran ausente sería, precisamente, el amor. Por eso, dando tumbos guiado por el interés, la curiosidad o el deseo, Pepe daría la impresión de limitarse a seguir un camino previamente marcado y común al de muchos otros en el que hasta su propia voz se limitaría a reproducir estudiadas frases hechas como aquella –“yo me bajo en la próxima, ¿y usted?”- con la que conoció a Concha en un vagón de metro.

Ya en la segunda mitad de la obra y tras superar la escena central de la ruptura matrimonial, Concha y Pepe intentarían abordar, desde el presente situado en la década de los setenta, las causas de su separación. Así, alternando nuevamente en el segundo acto dos planos temporales para, por un lado, ofrecer el diálogo actual de los personajes y, por otro, reconstruir los pasos de los protagonistas después de su etapa de casados, la comedia mostraría a una pareja mucho más madura y reflexiva en la que en la que los argumentos ya no se esgrimirían como armas arrojadizas, sino como instrumentos útiles para alcanzar la comprensión mutua.

No obstante, aunque ambos reconocerían estar cansados de interpretar personajes que nunca fueron ellos, a la hora de la verdad, a pesar de expresar su intención de volver atrás, empezar de nuevo y cambiar su historia valiéndose de la magia del teatro, Concha y Pepe terminarían repitiendo mecánicamente el mismo diálogo con el que se habían conocido veinte años atrás para demostrar que en la ficción teatral, al igual que ocurre en la vida real, es imposible hablar con voz propia cuando se lleva demasiado tiempo recitando discursos ajenos.

Por eso, por encima de las carcajadas que salpicaron el desarrollo de la comedia debido al tono farsesco de muchas de sus escenas y al carácter grotesco de muchos de sus personajes, acabaría siendo la mordaz crítica de costumbres la verdadera protagonista de la obra de Marsillach. En cuanto a la adaptación dirigida e interpretada por Enrique Escudero, dos serían los aspectos más destacados de la misma: por un lado, la supresión de dos escenas que, no siendo esenciales en la trama, redujeron la extensa duración de la obra y, por otro lado, el traslado a Cartagena de la localización de parte las escenas, lo cual contribuyó a acercar la historia al público.

Finalmente, levantándonos de nuestras butacas mientras los numerosos espectadores hacían lo propio para dedicarle sonoros aplausos a Enrique Escudero y a Cristina Muiño -los esforzados actores que durante casi dos horas habían estado cambiándose de personajes sin descanso-, no pudimos sino felicitarnos por haber acudido una noche más a nuestra cita con el teatro, precisamente, en el que es uno de los coliseos más inquietos y accesibles al público de toda la Región.

Nueva Era reparte "Queso y leche" contra la guerra en el Teatro Bernal

Crear: 10/01/2017 - 19:12

Al igual que hicieran el Teatro Romea con el ciclo que brindó coincidiendo con la Feria de Murcia y el Teatro Circo con la fase final del concurso CreaMurcia de artes escénicas hace dos semanas, este viernes el Teatro Bernal ofreció su anticipo a la temporada teatral, que arranca en octubre, con la representación de “Queso y leche”; obra firmada por Cristián Mínguez para la Compañía Nueva Era sobre la que recayó el honor de cerrar el I Certamen de Teatro Murciano organizado por el coliseo de El Palmar.

De este modo, ante un patio de butacas que gozaría de una estimable afluencia de público, el telón del Bernal se alzaría puntual a las 21:00h para obrar el prodigio de  viajar, a través del tiempo y el espacio, hasta una humilde escuela europea de 1949 en la que una abnegada maestra trataba, a base de fantasía y candidez, de escapar del funesto recuerdo de la II Guerra Mundial. Así, la mujer, convencida de la necesidad de olvidar el pasado reciente, no dudaría en alterar vocablos y trocar palabras para fundar una nueva era que estuviera libre de la sombra de la terrible guerra vivida.

Más adelante, aún sin alumnos en la clase donde la maestra reflexionaba en voz alta, irrumpiría la figura del soldado norteamericano –uniformado, joven, simpático, galán- ofreciendo a la escuela la ayuda que el plan Marshall ponía a disposición de los niños de la época en forma de porciones de queso y leche en polvo. Entonces, surgiendo entre ambos una sincera amistad que representaría el anhelo de solidaridad entre los pueblos, los dos personajes desarrollarían un interesante diálogo que no haría sino reflejar aquel que en el campo del arte opuso durante la posguerra a los partidarios de la abstracción frente a los del realismo.

En consecuencia, oscilando entre la ensoñación y la realidad, los protagonistas, apelando a la imaginación, viajarían por el mundo convertidos en dúo artístico para triunfar en Broadway, pasar un día de playa junto al Mediterráneo o actuar en un exitoso programa de radio. Así, desplegando una trama dotada de generosas dosis de ingenuidad, dulzura e inocencia, la obra acudiría al tópico literario del teatro dentro del teatro mediante numerosos guiños a géneros como el teatro de títeres, el musical o el serial radiofónico con el fin de poner en valor el deseo de los supervivientes de la gran guerra de vivir en mundo gobernado por la paz, el amor y la libertad.

Por eso hoy en día, que tantos políticos, con el único interés de convertirse en imprescindibles, ondean frívola e irresponsablemente banderas tejidas con hilos de odio, fanatismo y frustración para agitar a las masas y enfrentar a hombres, mujeres e incluso niños, quizá deberíamos todos tener más presentes que nunca las terribles consecuencias a las que nos podrían llevar semejantes líderes, si antes de que no sea demasiado tarde no les decimos que “no” y les dejamos jugando solos a sus despreciables juegos de guerra.

 

 

Don Friolera pasea sus cuernos por el Teatro Bernal

Crear: 11/27/2017 - 04:49

Tal y como hizo hace un año con El retablo de las maravillas, este pasado sábado la Compañía Morfeo regresó al Teatro Bernal para volver a deleitar al público murciano presentando Los cuernos de don Friolera; adaptación de la obra de Valle-Inclán que se ha convertido en la pieza más reciente en incorporarse al estimulante catálogo de producciones que trabaja esta magnífica agrupación de actores burgalesa.

De este modo, ofreciendo una de las mejores entradas de la temporada, el coqueto coliseo de El Palmar se vestiría de gala para dar la bienvenida a la primera de las obras que conformarían, junto a Las galas del difunto y La hija del capitán, la célebre trilogía titulada Martes de carnaval en la que Valle-Inclán, observando a través de la óptica deformante del esperpento, desplegaría una devastadora crítica a la sociedad española de la época utilizando uno de los temas más recurrentes de nuestro teatro: el honor.

Así, cerrada por un amplio telón lleno de trazos negros que, como sombras desdibujadas, se recortarían sobre el fondo blanco, la escena, plagada de multitud de elementos y dominada por la llamativa estructura de un teatrillo de guiñol, parecería levitar sobre la luz de las candilejas que poblarían el proscenio del Bernal para crear una deliciosa atmósfera de ensueño por la que desfilarían, precedidos por don Estrafalario y don Manolito, la grotesca sucesión de personajes del drama valleinclaniano.

De esta manera, tras una fulgurante introducción en la que los actores mostrarían todo su arte para dialogar, cantar, reír y bailar juntos, súbitamente los personajes tomarían la escena convertidos en seres de trapo y carne humana para dar comienzo al drama. Así, transmutado en fantoche, el teniente Astete -don Friolera- aparecería solo en escena para recibir, lanzado y atado a una piedra, el mensaje en el que una pluma anónima acusaba a su mujer de adulterio.

A partir de entonces, el militar, convertido en títere más del miedo al qué dirán que de los celos, se sumergiría en ridículas y oscuras divagaciones acerca de cómo resolver el asunto de la forma más honrosa para él. Paralelamente, trasladando el foco de la acción teatral al domicilio conyugal, los espectadores serían testigos del cortejo al que, efectivamente, estaba sometiendo el barbero Pacheco a doña Loreta –esposa de Friolera- ante la atenta mirada de doña Tadea, la vieja beata y cotillona autora del anónimo.

Así, agitando alegremente los hilos que gobernaban la débil voluntad de don Friolera, serían sus propios vecinos y, sobre todo, sus camaradas del ejército los que presionarían al teniente para que lavara su honra –y la del cuerpo de carabineros, donde no había maridos cabrones- con la sangre de los amantes. Entonces, desarrollando la tragedia con elementos propios de la comedia, Valle-Inclán haría avanzar el drama retorciendo los caracteres de sus personajes como hacían los espejos del madrileño callejón del Gato con las figuras que lo atravesaban.

De la misma forma, vistiendo el drama con el reluciente envoltorio de la comedia y aplicándose con asombrosa precisión en el dibujo deformado de cada personaje, la compañía Morfeo Teatro volvería a ofrecer en Murcia un espectáculo de primer nivel en el que, junto a la inspiración en la adaptación y a la originalidad de la puesta en escena, brillaría un elenco de actores entre cuyas interpretaciones destacarían, especialmente, las de Mayte Bona y Mamen Godoy; actrices que con sus soberbias actuaciones señalarían y denunciarían el ciego crimen machista de don Friolera. Ciego crimen machista del que aún hoy son víctimas tantas mujeres en España.

La zapatera de García Lorca llena de risas y prodigios el Teatro Bernal

Crear: 11/05/2018 - 23:26

Gran expectación, la que pudo vivirse este sábado en un Teatro Bernal cuyo patio de butacas se llenaría a rebosar para dar la bienvenida a La zapatera prodigiosa; comedia de tono farsesco firmada por Federico García Lorca que, tras largos años de espera, por fin ha logrado llevar a escena el Grupo de Teatro Tejuba de Las Torres de Cotillas bajo la dirección de Joaquín Cantero.

Así, aún con el telón a medio correr, sería el propio autor el que tomaría la palabra para proclamar, por un lado, el triunfo de la libertad del artista sobre el miedo –el miedo al público-, y, por otro, la pertinencia de reivindicar la esencia popular de un arte –el arte escénico-, que es, precisamente, aquel que permite una indagación más certera en esa relación entre fantasía y realidad que se da no solo en el lenguaje poético, propio del teatro, sino en la vida misma.

De este modo, presentando su obra y sentando las bases de su concepto de teatro, el poeta dejaría paso al estruendo de una acción dramática que arrancaría súbitamente con la llegada a casa de la esposa del Zapatero; hermosa joven de armas tomar que entraría en escena enfrentándose a gritos con una vecina a cuenta de ciertos chismorreos para, a continuación, lamentarse amargamente por haber aceptado con solo dieciocho años casarse por conveniencia con el viejo Zapatero de su pueblo.

Curiosamente, en la misma línea, pero en sentido contrario, se expresaría el Zapatero; hombre de cincuenta y tres años de carácter dócil y afable que se mostraría abatido tras su recién estrenado matrimonio. Y es que, añorando la tranquilidad de su vida como soltero, el Zapatero se quejaría hondamente por haber seguido el consejo de su hermana: “Benditísima soledad antigua […] Yo no sabía lo que era una mujer […] Yo no tengo edad para resistir este jaleo […] Mi hermana tiene la culpa. Que si te vas a quedar solo, que si qué se yo, que si qué se yo cuánto.”

Por tanto, sin amor que los uniera e incapaces de comprenderse el uno al otro, la tensa y disparatada situación -cuajada de divertidas idas y venidas, de constantes discusiones y desplantes-, acabaría rompiéndose por el lado más débil: el del apocado Zapatero, quien, justo antes de concluir el primer acto, tomaría la decisión de huir para poner tierra de por medio con un pueblo en el que las mujeres tenían a la pareja en la diana de sus afilados dardos y en el que los hombres no se escondían a la hora de cortejar en vano a la Zapatera.

Ya en el segundo acto y tras la mutación de la casa en taberna, la zapaterita abandonada - siempre digna, valiente y honrada- no solo lograría resistir sin ceder un ápice el asedio y las insidias, sino que, además, utilizaría el matrimonio y el valor de la palabra dada a su esposo como poderosos báculos morales en los que apoyarse para mantenerse firme y poner en su sitio a cuantos trataban de conseguir su favor –como al Alcalde, que pretendía dominarla; a Don Mirlo, que pretendía comprarla, y al Mozo de la Faja, que pretendía disfrutarla-.

De este modo, siguiendo los pasos llenos de ternura del Niño que haría de cómplice y confidente de la joven, y al ritmo de las coplas y los romances con los que el poeta salpicaría la acción, la comedia avanzaría fresca y ágil hacia una anagnórisis que vendría precedida por la idealización a la que la Zapatera sometería a la figura de su marido y que, finalmente, se precipitaría con la llegada al pueblo de un misterioso titiritero.

Por eso, por el encanto de la obra, que sembraría de risas el Bernal, y por la efectiva puesta en escena de Tejuba, entre cuyo elenco destacarían las interpretaciones de Manolo Reina en el papel de Zapatero, Lorena Lara en el de Zapatera y Mario Vicente Romero en el de Niño, el público del coliseo de El Palmar acabaría poniéndole la guinda a la velada despidiendo con una sonora ovación a la compañía fundada en 1966 por Juan Baño.

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