Teatro Circo

Los perros de presa de Tarantino toman el Teatro Circo

Dom, 07/12/2014 - 19:51 -- Ángel Barceló A...

Prometedora velada de teatro y cine, la que anoche se presentaba en el Teatro Circo de Murcia de la mano de la obra La Perrera, adaptación teatral del célebre filme Reservoir Dogs de Quentin Tarantino. Sin duda, el encanto de semejante cartel de presentación hizo que ya desde los minutos previos a la hora de comienzo de la función, fijada a las 21:30h, la expectación entre el público pudiera palparse desde los aledaños del céntrico edificio, pasando por en el amplio vestíbulo de acceso, y hasta llegar al abarrotado patio de butacas de la majestuosa sala central del coliseo murciano.

Entre todos los posibles, el principal tema que animaba las conversaciones de los asistentes, como no podía ser de otra manera, era el de tratar de vislumbrar cómo se produciría la traducción de la obra desde el lenguaje cinematográfico al dramático. Es decir, cómo se representarían las escenas más famosas de la película, cómo se establecería el desarrollo temporal de la acción, cómo se conjugarían en un mismo espacio escénico los distintos lugares en los que la historia tiene lugar, o si habría sustanciales cambios en la trama o en los caracteres de los personajes originales.

Algunas de estas incógnitas comenzaron a despejarse desde los compases iniciales del espectáculo, ya que, nada más apagarse las luces de la sala y encenderse los focos del escenario, empezó a sonar una de las canciones que mejor identifica a la película, Little green bag, mientras los cuatro personajes principales desfilaban gallardamente por separado, uno tras otro, y con sus característicos trajes negros de gansters, en una presentación de lo más cinematográfica.

Hecha la presentación, el relato teatral situó el comienzo de la acción en el instante en el que dos de los protagonistas, uno de ellos malherido, consiguen llegar a la oficina que habían establecido previamente como punto de encuentro tras realizar un misterioso atraco en el que parecen haber salido mal muchas cosas. Por tanto, abrupto comienzo in media res, es decir, con la acción ya desarrollada en parte, en el que, mediante la violenta irrupción en la escena de dos de los gansters y sus frenéticos diálogos, empezábamos a tener las primeras noticias de quiénes eran y de lo que había podido suceder.

Con una escenografía sobriamente compuesta por un mínimo mobiliario de oficina en su parte central, unas lámparas colgadas, y unas cortinas colocadas en el lateral izquierdo, y dispuestas en ángulo para dar sensación de profundidad, todos estos elementos quedaban armónicamente enmarcados por una gran pantalla central que cerraba el espacio escénico en su fondo. Hemos de destacar dentro de este capítulo dedicado al decorado la predominancia de los colores negro y blanco que, acordes con los trajes de los atracadores, servían tanto para dotar de personalidad a la escena, como para subrayar el fuerte contraste con el rojo de la sangre que empapaba la camisa del mencionado atracador malherido, y conocido por el mote de señor Naranja.

Así, con una escena sencilla, pero hábilmente dispuesta, desde los primeros diálogos, también pudimos comprobar que los caracteres y las formas de expresión de los personajes no habrían de sufrir cambios relevantes con respecto a los que creara Quentin Tarantino para su película. De esta manera, a través de un aluvión de expresiones directas y malsonantes llenas de tacos y de nervio, y animadas por grandes dosis de ironía y humor negro, los diálogos iban transmitiendo los sentimientos de desconcierto, miedo y rabia entre los que se debatían estos dos atracadores durante los primeros instantes de la función.

Siguiendo fielmente el hilo de la trama tarantiniana, el desarrollo lineal y cronológico de la acción fue la nota predominante. Aunque, al igual que en el filme, también es cierto que este desarrollo estuvo salpicado por ciertos fash backs (saltos atrás, retrospectivas o analepsis) que fueron proyectados en la mencionada pantalla mientras los actores cesaban sus interpretaciones. Sin duda, esta forma tan cinematográfica y visual de presentar, no sólo determinadas secuencias retrospectivas, sino también diálogos entre personajes ausentes y presentes en la escena, fue uno de los más destacables logros de la puesta en escena, ya que no sólo dio variedad al relato, sino que contribuyó a integrar ambos lenguajes, el del cine y el del teatro, con gran naturalidad.

Con la entrada en escena del señor Rosa, que se unía así a los ya presentes señor Naranja, tendido y agonizante en una mesa, y señor Blanco, gesticulante y nervioso, entraba en el relato la idea de la traición que traía consigo este nuevo personaje. De esta forma, el sentimiento de desconfianza mutua acaba instalándose entre los otrora buenos compañeros de crimen. El señor Rosa argumenta ante sus colegas su teoría sobre la existencia de un posible chivato en la banda que hubiese propiciado la inusualmente rápida actuación de la policia.

A partir de los diálogos, las discusiones, las tensiones y los enfrentamientos que se producen entre los señores Blanco y Rosa, profundizamos en el conocimiento de un cuarto integrante de la banda, llamado señor Amarillo, que parece haber sido el causante del sangriento tiroteo en que derivó el atraco y durante el cual murieron varias personas, incluido uno de sus propios compañeros de fechorías, el señor Marrón. El tal señor Amarillo aparece caracterizado por sus dos compañeros presentes en la escena como “un psicópata” extremadamente violento y cuyo nervioso temperamento pudo haber sido la clave del baño de sangre en el que acabó convertido el robo de unos diamantes.

Tras la introducción al carácter de este personaje, que hacen los señores Blanco y Rosa, y que es utilizada para despertar el interés en el público por conocer al tal señor Amarillo, la aparición en escena del señor Amarillo completaba el electo de protagonistas añadiendo las notas de cinismo, violencia y brutalidad a unos personajes que, hasta entonces, se habían comportado de una manera bastante razonable y hasta “civilizada”.

Siguiendo el desarrollo argumental de la película, asistimos a la reproducción de las conocidas escenas del filme entre las que destaca la cruel tortura de un agente de policía que realiza en solitario el señor Amarillo mientras suena y baila divertido la canción Stuck in the middle with you. Tras esta escena, que representa el auténtico clímax de la obra, se desatará la tragedia que desembocará en una catarsis final llena de violencia, sangre y muerte.

Si la valoración del montaje presentado ayer en el Teatro Circo de Murcia fue en líneas generales positiva y satisfactoria, también reconocer, como principales defectos, su brevedad -apenas cincuenta minutos- y la reproducción de un soliloquio ejecutado por el señor Naranja en el que refiere una anécdota ocurrida en un cuarto de baño que, lejos de aportar datos de interés, se atraganta y ralentiza el ritmo de la función. Junto a estas dos cuestiones, también consideramos que la obra adolece de un exceso de respeto al original por parte de los dramaturgos y echamos en falta ciertas dosis de juego creativo que hubieran podido enriquecer la trama con variaciones y acercar estos personajes y sus circunstancias a nuestra cultura.

En cuanto al trabajo de los actores, debemos decir que también estuvo en líneas generales bien desarrollado, aunque en determinadas escenas quedara la sensación de que podrían haber sacado más partido de sus personajes. Así, quizá lo más justo sea resolver que el equilibrio y la corrección constituyeron la nota predominante en este capítulo, que sin duda se presentaba complejo por el recuerdo de las brillantes interpretaciones de los actores de cine que todos tenían presente.

Por tanto, después de todo, y después de acometer una adaptación arriesgada por el prestigio de la película original que trataba fielmente de reproducir, consideramos que podemos y debemos saludar con gratitud la propuesta de los autores y los actores de La Perrera sumándonos así al aplauso generalizado y sincero en el que se fundió en la noche de ayer el murciano Teatro Circo de la calle Villar.

Breve Historia de los Teatros de Murcia (VIII)

Mar, 16/12/2014 - 07:00 -- MCC

A pesar de la despedida tan formal y tan definitiva que parecimos transmitir la semana pasada, debo aclarar que, para todos aquellos que tengan ganas de continuar el fascinante rumbo que la historia de los teatros en Murcia ha descrito hasta nuestros días, me he propuesto seguir este viaje espectacular por el espacio y por el tiempo hasta el presente año 2014. Sin embargo, antes de proseguir, creo necesario advertir de que la mayoría de los nuevos espacios escénicos de la ciudad que nos encontraremos ya no serán susceptibles de ser recorridos a pie, al igual que le ocurrió excepcionalmente al teatro Bernal de El Palmar, ya que muchos de estos nuevos locales por los que pasaremos se hallan en pedanías muy alejadas unas de otras. Y es que la ciudad de Murcia en el siglo XXI ya no es una simple ciudad, sino un extenso término municipal que aglutina decenas de pedanías con necesidades y características muy dispares… Pero antes de llegar al siglo XXI, mejor prosigamos nuestro trayecto retornando al punto en el que lo dejamos, el año 1929.

A partir de los años treinta del siglo XX, la historia de los teatros en Murcia quedó circunscrita prácticamente a la historia del Romea. Durante estas décadas, las iniciativas privadas fueron dejando de lado los obsoletos y deficitarios proyectos escénicos, y apostando por los modernos y rentables negocios cinematográficos. De esta forma, en poco tiempo casi todos los antiguos coliseos de la ciudad fueron desapareciendo o siendo convertidos en cines forzados por esta implacable ley de la oferta y la demanda. Así fue como la imagen en movimiento terminó por sustituir a la carne y al hueso de los seres humanos, las amplias panorámicas al telón y a los decorados de cartón, y la frialdad metálica del blanco y negro al calor de las miradas llenas de vida y de lágrimas. Y así fue como aquella época pasada, en la que multitud de sociedades habían salpicado Murcia de pequeños escenarios, acabó por difuminarse tras la óptica del nuevo arte emergente.

Durante las décadas centrales del siglo XX, la situación teatral no varió demasiado ni en Murcia ni en el resto de España. A la demoledora competencia con el cine se le unieron nuevos competidores como los toros, el fútbol, o la televisión, que acabaron convirtiéndose en masivos y relegando al viejo teatro a un lugar aún más secundario dentro de los gustos de la población. Así, metidos ya en el último cuarto de siglo, concretamente en 1984, el Teatro Circo Villar tuvo que acabar echando el cierre tras un amplio periodo de agonía. Un año más tarde, en 1985, el teatro Romea se sumergió en una profunda reforma decretada por el Ministerio de Cultura dentro de un ambicioso programa para la renovación de los principales coliseos públicos del país. Las obras se dilataron durante tres largos años en los que el teatro permaneció cerrado y la ciudad quedó huérfana de escenarios. Finalmente, y como ocurriera antaño, el siete de febrero de 1988 la Reina de España, esta vez Doña Sofía, acudió a Murcia para presidir la función con la que se volvió a alzar el gran telón del mítico Romea una vez más.

Durante la última década del siglo XX, contra todo pronóstico, la situación teatral en Murcia sí que fue a variar. A nivel mundial el cine ya había comenzado a mostrar sus primeros signos de fatiga provocados en parte por el aumento de los canales de televisión, el desarrollo del video doméstico y el tráfico de copias ilegales. Mientras tanto, el teatro empezaba a despertar de su letargo en parte gracias a las modernas técnicas escénicas, a los nuevos autores y al auge de los espectáculos en vivo que trajo la eclosión de los conciertos de música pop. El público volvió de pronto su mirada al teatro para descubrir en él las cualidades únicas e irrepetibles que dan los espectáculos en vivo. Espectáculos cuyas sensaciones y emociones son imposibles de copiar o reproducir en ningún formato. Así, los tiempos en los que el teatro había sido considerado un arte anticuado, aburrido y marginal fueron poco a poco superándose y quedando atrás. Ahora el teatro volvía a ser percibido como un espectáculo con personalidad y razón de ser por sí mismo.

El teatro como espectáculo culto, interesante, divertido, diferente y vivo empezó a ser tenido como un bien muy recomendable del que las principales capitales del país quisieron gozar con la ilusión de proyectar sobre sus ciudadanos un ideal de distinción y sofisticación. Así, el Ayuntamiento de Murcia, en esta misma línea de promoción cultural, decidió poner en marcha un doble programa de restauración de viejos locales y construcción de otros nuevos encaminado a dotar tanto a la ciudad como a sus pedanías de una red de recintos en los que ofrecer unas programaciones lo más amplias y variadas posibles.

Dentro de la ciudad, este ambicioso plan municipal comenzó a materializarse en 1995 con la inauguración del impresionante Auditorio Regional, que más tarde recibiría el nombre de “Víctor Villegas”. Este moderno y polifuncional edificio situado en los terrenos de la FICA destacó pronto por su descomunal envergadura, su exquisita acústica, su enorme escenario y por su gran aforo para 1768 espectadores, que lo convirtió en el más amplio de todos los espacios escénicos de la Región de Murcia, muy por encima de las 1179 plazas del Teatro Romea.

            Vista actual del Auditorio Víctor Villegas de Murcia.

Ya en los primeros años del siglo XXI, el mencionado plan ha continuado con dos restauraciones muy importantes. La primera ha sido quizá la más espectacular por cuanto ha supuesto la recuperación de un espacio perdido y desconocido para muchos: el Teatro Circo Villar, cuyas gestiones para su rehabilitación comenzaron hacia 2003, y cuyos trabajos  de reconstrucción culminaron con su reinauguración como teatro-circo para 908 espectadores a principios de 2011. La segunda de estas restauraciones ha sido sin duda la más polémica por culpa de su duración, ya que los cinco años que abarcó, desde 2007 hasta 2012, han supuesto el periodo de tiempo más largo durante el cual ha permanecido cerrado al público el teatro Romea en toda su historia.

Dentro del conjunto de pedanías que forman el término municipal de Murcia, el primero de los hitos de este plan de promoción cultural del Ayuntamiento tuvo lugar en Beniaján, mediante la construcción de un pequeño auditorio público con capacidad para 300 personas que fue inaugurado en 1993. Este local sobrio, cómodo, eficiente y multiusos situado en la calle Antonia Maymón se convirtió en el principal modelo de una serie de cinco que, con similares características, se han venido levantando por otras poblaciones de Murcia a lo largo de los últimos veinte años. En el año 2000 fue inaugurado el segundo de estos auditorios en la calle Francisco Rabal del Cabezo de Torres. En 2003, si por un lado le tocó el turno a La Alberca con el estreno del tercero de estos locales municipales en la calle Carlos Valcárcel, también por otro lado se materializó, como ya vimos, la recuperación del mítico teatro Bernal de El Palmar. Ya más adelante, en 2011, han coincidido en el tiempo, pero no en el espacio, las aperturas de los auditorios de Algezares (en la plaza Miguel Ángel Clares) y de Guadalupe (en la calle Francisco Pizarro).  

Auditorio de Beniaján.                                                               Auditorio de Cabezo de Torres.      

Auditorio de La Alberca.                                                      Auditorio de Algezares.                                         

Auditorio de Guadalupe.

 

Profundizando un poco en las peculiaridades de estos cinco nuevos locales que, situados en cinco pedanías distintas, han conseguido crear una interesante red de ofertas escénicas, debemos proceder a analizar dos cuestiones interesantes. La primera es la cuestión del nombre utilizado para bautizar a estos nuevos espacios, y es que ya no se les llamará teatros, sino auditorios. Desde mi punto de vista, esta diferencia léxica radica en un deseo expreso por parte de los rectores municipales de manejar un término para sus nuevos espacios culturales que no remita a un arte en concreto y permita, de esta manera, poder ser válido para asociarse con la mayor cantidad de disciplinas escénicas posibles. La segunda cuestión, que ya mencionábamos de pasada arriba, es la de la existencia de una serie de características que unen a estos cinco auditorios municipales. La primera de estas notas comunes es la sobriedad externa que presentan. La segunda, el tamaño medio y la capacidad para 300 espectadores que ofrecen. La tercera, la sencillez interior que configura un espacio dotado únicamente de un simple escenario y un patio de butacas quizá más propio de un salón de actos que de un teatro.

En definitiva, podemos concluir que estos cinco nuevos auditorios han sido concebidos como edificios austeros, neutros, eficaces y funcionales. Es decir, espacios más bien destinados a acoger dignamente una oferta cultural variada, y no tanto a producir un placer estético a través de su arquitectura o de sus decoraciones.

 

…> Terminará con la última entrega el martes, 23 de diciembre.--> Breve Historia de los Teatros de Murcia (IX)

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