Teatros

Breve Historia de los Teatros de Murcia (I)

Mar, 28/10/2014 - 14:40 -- MCC

A través del presente reportaje vamos a trazar un recorrido breve, pero lo más completo y preciso posible, sobre los distintos teatros que ha tenido la ciudad de Murcia a lo largo de su historia. Por medio de entregas, ofreceremos libremente una ruta de ensueño, cargada de historia y de leyenda, para que cualquier internauta que sea curioso e inquieto pueda dejarse llevar por la magia de los lugares desaparecidos y recrearse en la contemplación de los que aún permanecen activos. Por ello, con los ojos bien abiertos para la ocasión, entremos ya sin más dilación en la máquina del tiempo dispuestos a pasear por las calles de la ciudad para descubrir y disfrutar de la Murcia que se fue, pero sigue estando ahí.

 

Nuestro camino por la ciudad en busca de sus recintos teatrales no comienza en un lugar, sino en un tiempo, ya que fue durante el reinado de los Reyes Católicos, concretamente a finales del siglo XV, cuando las representaciones teatrales que se hacían en Murcia fueron ganando cierto nivel de organización, aunque todavía no se interpretaran por cómicos profesionales ni se realizaran en casas de comedias. Estas funciones, tal y como dice el profesor Juan Barceló Jiménez, se realizaban en retablos improvisados en las actuales calles de Trapería, Platería y en la actual plaza de Santo Domingo (antigua plaza del Mercado). Fue a partir del siglo XVI, cuando Murcia pudo empezar a disfrutar de las actuaciones de los primeros cómicos de oficio, aunque durante gran parte de este siglo estas representaciones tuvieran que continuar realizándose en carros y escenarios callejeros por carecer la ciudad de un local adecuado para tales menesteres.

 

Es a mediados del siglo XVI cuando comenzamos a tener noticias sobre los primeros locales dedicados al teatro en Murcia. El primer corral del que oímos hablar es el del Zoco o del Azoque, que recibió tal nombre por estar situado cerca de la puerta del Azoque, puerta que se halló en la confluencia de las actuales calles de Santa Teresa y San Nicolás. Podemos suponer que el edificio debió de ser muy rudimentario, sin embargo, a día de hoy resulta imposible fecharlo con precisión, reconstruirlo arquitectónicamente, o saber qué tipo de espectáculos se hicieron en él. Lo que sí sabemos es que el lugar existió hasta que, alrededor de 1742, el Obispo Belluga compró su solar para construir un asilo benéfico denominado Casa de Maternidad y Expósitos.

Panorámica actual de la confluencia de las calles Santa Teresa y San Nicolás, lugar donde antaño se levantó la Puerta de Azoque y en cuyas inmediaciones estuvo el Corral del mismo nombre.

 

Más adelante, dentro ya del periodo final del siglo XVI, nos vemos obligados a detener nuestro recorrido histórico a la altura del mítico teatro del Trinquete, el local que tradicionalmente ha ostentado el honor de ser considerado con propiedad como la primera casa de comedias que hubo en Murcia. Sin embargo, estudios recientes del profesor Rafael Sánchez Martínez parecen haber demostrado que tal teatro nunca existió en nuestra ciudad. En cualquier caso, para poder examinar adecuadamente esta auténtica “cuestión palpitante” de la historia teatral murciana, deberemos volver sobre ella con posterioridad, cuando dispongamos de más datos y mejor perspectiva. Por ahora diremos que, según la opinión generalizada entre los estudiosos de diferentes épocas, dicho teatro del Trinquete ya existiría hacia finales del XVI, estaría situado entre la plaza de Santa Catalina y el convento Madre de Dios, ocuparía un antiguo local donde hubo con anterioridad un trinquete de pelota (especie de frontón para jugar), y habría sufrido una gran tragedia el 14 de noviembre de 1613 al desplomarse una de sus paredes sobre el público que asistía a una función causando gran número de muertos y heridos.

 

Ninguna duda sobre su existencia ofrece el teatro que se ubicó en el patio interior del Hospital General de Nuestra Señora de Gracia, en unos terrenos que hoy quedan entre la iglesia de San Juan de Dios y el Instituto Cascales. El profesor Sánchez Martínez ha podido aportar datos que establecen el comienzo de la actividad escénica en este espacio hacia 1593, y por ello es considerado por el mencionado profesor como el primer lugar documentado donde se representó teatro comercial en Murcia. Aunque algunos autores han creído que este teatro no reunió las mínimas condiciones para la actividad teatral, lo cierto es que llegó a contar con todos los elementos característicos de los corrales de comedias de la época: al fondo del mencionado patio, de planta cuadrada, se encontraba el escenario, y frente a éste los bancos; a los lados del patio se levantaban dos pequeñas gradas laterales apoyadas contra las paredes del hospital; y encima de estas gradas se alzaban sendos corredores, que aumentaban la capacidad del complejo y lo dotaban de una segunda altura.

Panorámica actual de la iglesia de San Juan de Dios, sobre cuyo emplazamiento se levantó antaño el Hospital general de Nuestra Señora de Gracia.

 

A pesar de que el teatro del Hospital General de Nuestra Señora de Gracia tuvo con el tiempo hasta balcones hechos en las paredes del propio hospital para ver las funciones, la verdad es que acabó quedándose pequeño para las necesidades de la ciudad. Por este motivo, en el año 1608 el Ayuntamiento de Murcia comenzó a plantearse la posibilidad de edificar un nuevo teatro. Fue así como en agosto de 1609 se tomó la determinación de abandonar el viejo teatro del Hospital, de titularidad compartida público-eclesiástica, y edificar un nuevo local, ya exclusivamente municipal, que satisficiera la creciente demanda de teatro por parte de la población.

 

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Breve Historia de los Teatros de Murcia (II)

Mar, 04/11/2014 - 10:12 -- MCC

Los trabajos para la construcción del nuevo teatro del Toro comenzaron en el mismo mes de agosto de 1609 sobre unos terrenos cercanos a la puerta de la que tomó el nombre, entre las actuales calles de Eulogio Soriano, Pintor Villacis y Barahundillo. El Ayuntamiento, con el objeto de realizar un edificio que estuviera a la altura de los mejores teatros del país, envió al maestro encargado de las obras a Córdoba para que reprodujese en Murcia la traza de la casa de comedias de aquella ciudad, ya que era considerada la mejor de España. En todo momento la consigna de los regidores fue no escatimar en gastos: se compraron terrenos, se derribaron casas, se trajeron veintiséis columnas de mármol blanco de Macael, se adquirieron losas de mármol, se utilizaron más de cincuenta mil ladrillos, y se pagaron puntualmente todas las obras de albañilería y carpintería que fueron necesarias para la finalización del recinto.

 

En 1612 abrió sus puertas el majestuoso teatro del Toro, una casa de comedias hecha a imagen y semejanza de la de Córdoba. Así, al igual que el teatro de aquella ciudad, el de Murcia contaba con una planta semicircular, o de herradura, dentro de la cual se hallaba el patio dotado con bancos para una parte de los espectadores. El semicírculo que delimitaba dicho patio estaba marcado por las columnas de mármol ya mencionadas. Dieciséis de estas columnas estaban dispuestas en la planta baja para soportar los corredores, y las diez restantes, de longitud inferior, estaban colocadas sobre ese primer piso de corredores para sostener los tejados. En el patio, detrás de las columnas y debajo de los corredores, se alzaban las gradas de madera. En el primer piso, sobre las gradas, había siete aposentos. Incluso en un segundo piso, que debió de existir encima de algún tramo del primer piso, hubo cuatro aposentos más.

Panorámica actual de la confluencia de las calles Eulogio Soriano y Pintor Villacis, muy cerca de la cual se levantó antaño el teatro del Toro.

 

Sin embargo, a pesar de la generosa inversión del Ayuntamiento y de las innovaciones constructivas procedentes de Córdoba, la vida del nuevo teatro del Toro no fue un camino de rosas. El 14 de noviembre de 1613, apenas un año después de su puesta en funcionamiento y durante una función, parte de esta construcción que estaba apoyada contra la antigua muralla árabe se derrumbó matando a veintiséis personas e hiriendo a otras muchas. Si recuerdan esta fecha, se darán cuenta de que es la misma en la que se venía situando un hecho idéntico ocurrido en el misterioso teatro del Trinquete. La cuestión es que el hundimiento del flamante teatro murciano debió de causar una gran conmoción e indignación en la ciudad. Ante tal devastador acontecimiento, dentro del Cabildo hubo dos posturas enfrentadas en cuanto a la manera de actuar con respecto al teatro: una, que era partidaria de restaurar el teatro, y otra, que se oponía por considerarlo “obra falsa” desde la primera piedra hasta el tejado.

 

Finalmente se optó por restaurar el teatro y, tan solo un año después de la tragedia, en 1614, el recinto pudo volver a albergar actividad escénica. Sin embargo, tras veinte años de aparente normalidad, el tiempo acabaría dando la razón a aquellos que se habían opuesto a la restauración, ya que en la década de 1630 comenzó una serie de derrumbamientos parciales que terminaron con otro mayor, en 1633, que volvió a costar vidas, esta vez cerca de los vestuarios. Este hecho fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de los regidores murcianos, los cuales, convencidos ya de la precariedad del inmueble, decretaron el cierre del Toro y el traslado a una nueva casa de comedias.

 

Si en julio de 1633 tuvo lugar la última tragedia en el teatro del Toro, para agosto del mismo año la Ciudad fue capaz de encontrar, adecuar y abrir un nuevo recinto teatral. El lugar elegido en esta ocasión fue un caserón ya existente llamado del Buen Suceso, que pertenecía a la hermandad de San Juan de Dios y se hallaba en la misma plaza de Santa Catalina, muy cerca de la iglesia. Si recuerdan este emplazamiento, se darán cuenta de que la localización es la misma en la que se venía situando el misterioso teatro del Trinquete. La cuestión es que el Ayuntamiento, aunque para la realización de este nuevo espacio pretendió inspirarse en el teatro de Valladolid, poco pudo emular del recinto vallisoletano debido a las prisas.

Panorámica actual de la Plaza de Sta. Catalina. Desde donde antaño fue visible el teatro del Buen Suceso, que sustituyó al del Toro durante unos breves años.

 

Así, en agosto de 1633 abrió sus puertas el nuevo teatro del Casón del Buen Suceso, un inmueble bastante más pequeño que el antiguo teatro del Toro, aunque tuviera una planta baja y otra alta como aquel. Parece que la estructura de este nuevo recinto fue realizada toda en madera y se apoyaba contra las paredes del casón ya existente, al estilo del corral que vimos en el patio del Hospital General de Nuestra Señora de Gracia. Además, debido a las prisas por inaugurar, muchas partes de este teatro se quedaron sin acabar y muchos bancos y gradas tuvieron que ser traídos del viejo teatro del Toro.

 

La verdad es que esta nueva casa de comedias de la ciudad nunca llegó a convencer ni al público ni a las autoridades. Sin duda, a pesar de las desgracias ocurridas en él, todos aún debían de guardar un recuerdo muy vivo de la grandeza y la majestuosidad del clausurado teatro del Toro, lo cual dejaba más en evidencia la falta de espacio y distinción de este nuevo teatro del Casón del Buen Suceso. Además, si a las estrecheces y las incomodidades propias del nuevo lugar, les sumamos los graves problemas estructurales que culminaron en un derrumbamiento parcial del edificio en 1636, sólo tres años después de su inauguración, no resulta difícil de entender que algunos miembros del gobierno municipal comenzaran a plantear la posibilidad de regresar al viejo teatro del Toro, eso sí, siempre que fuera reedificado por completo.

 

 

De esta forma, en 1636 se tomó la decisión de regresar a los abandonados terrenos de la puerta del Toro; en 1638 se comenzó a trabajar en la reedificación del viejo inmueble; y sólo dos años más tarde, en 1640, volvió a abrir sus puertas, cual ave Fénix, el teatro del Toro. Paralelamente, y como ha demostrado con documentos el profesor Sánchez Martínez, el Ayuntamiento de Murcia, viéndose en la obligación de tener que seguir pagando a la hermandad de San Juan de Dios los plazos por el contrato de arrendamiento del local del Buen Suceso, decide darle uso instalando un trinquete de pelota para generar algún beneficio con el que recuperar parte de ese alquiler. Si recuerdan este juego, se darán cuenta de que es el mismo que, según la tradición, había dado nombre al mítico teatro del Trinquete. La cuestión es que en el Casón del Buen Suceso hubo un trinquete de pelota, pero no antes, sino después del teatro.

 

Pues bien, hecha esta última referencia sobre el teatro del Trinquete, creo llegado el momento de retomarlo para, aportando los datos que hemos conocido sobre los teatros del Hospital General, del “primer” Toro y del Buen Suceso, proceder de la mejor manera posible a la resolución del gran misterio del teatro murciano del XVII.

 

Como expusimos en el planteamiento de la cuestión –en la primera entrega-, los eruditos de diferentes épocas habían venido asociando al teatro al Trinquete con una historia y una serie de datos que permitían identificarlo. Sin embargo, como hemos podido comprobar, dicha historia y dichos datos en realidad fueron parte de la vida de otros inmuebles. Así, si del Trinquete se decía que ya existía hacia finales del XVI, los datos han demostrado que el único teatro de importancia en Murcia por aquel entonces fue el del Hospital General de Nuestra Señora de Gracia. Si del Trinquete se decía que estaba ubicado en la plaza de Santa Catalina, los datos han demostrado que el único teatro documentado situado en tal plaza fue el del Buen Suceso. Si del Trinquete se decía que sufrió un grave derrumbamiento en 1613, los datos han demostrado que tal suceso lo padeció el teatro del Toro. Por último, si del Trinquete se decía que debía su nombre al juego que se practicó en su local antes de que lo ocupara el teatro, los datos han demostrado que tal juego sólo estuvo asociado al teatro del Buen Suceso, y siempre con posterioridad a la actividad teatral.

 

Por tanto, visto lo visto sobre este teatro del Trinquete, quizá lo más razonable sea considerar que, a lo largo de los años y de los siglos, las informaciones y las anécdotas pertenecientes a distintos teatros debieron de ir mezclándose y confundiéndose en la tradición oral hasta llegar a crear en la conciencia de la ciudad la ilusión de un teatro que, como tal, nunca existió en realidad. Por ello, una vez estudiados los datos, quizá lo más razonable sea concluir que el mítico teatro del Trinquete no puede ser otro distinto del que existió en el Casón del Buen Suceso, ya que ambos están unidos históricamente por su emplazamiento y su relación con el trinquete de pelota.

 

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Breve Historia de los Teatros de Murcia (III)

Mar, 11/11/2014 - 09:00 -- MCC

Una vez resuelto, al menos de momento, el enigma del Trinquete, ahora sí estamos en disposición de continuar con nuestro trayecto a través del tiempo y el espacio teatrales. Como recordarán, nuestro camino había quedado detenido a la altura del reconstruido y recién inaugurado teatro del Toro, en el año 1640. Pues bien, a partir de este año, y a pesar de los recelos que sin duda tuvo que despertar en muchos, el Teatro del Toro pudo por fin dejar atrás su historia negra asociada a derrumbamientos y muertes, y cambiar así sus tragedias pasadas por las comedias venideras. De esta forma, desde 1640 el renovado teatro del Toro no volvió a ser noticia nunca más por ningún hecho desgraciado y, con sus reformas y reparaciones de rigor, pudo gozar de una larga vida hasta que se determinó su derribo en 1857, es decir, doscientos cuarenta y cinco años después de su primera inauguración.

 

Sentados en los bancos del teatro del Toro podríamos dejar volar la imaginación y tratar de recrear cómo sobre sus tablas desfiló la segunda mitad del siglo XVII, cómo después atravesó raudo su escenario de punta a punta el siglo XVIII, y cómo acabó bajando su telón para siempre el siglo XIX. Tres siglos en total, tres siglos contemplaron este mítico lugar, tres siglos y ahora es como si se lo hubiese tragado la ciudad. El tiempo no perdona, nunca deja de pasar, y nosotros, llevados por los vientos de los siglos, hemos pasado como en un suspiro al XIX sin noticias ni reseñas relevantes sobre la existencia de ningún otro teatro de importancia en Murcia.

 

Sin miedo a equivocarnos, podemos afirmar que el siglo XIX constituyó la época de mayor ebullición del teatro en Murcia. Casi a la vuelta de cada esquina se abría un pequeño teatro cada poco tiempo. Es cierto que a veces se abrían casi tan rápido como se cerraban, pero casi siempre tenían el mérito de haber sido impulsados por asociaciones de aficionados que trataban de cultivarse durante sus ratos libres y de ofrecer un espectáculo enriquecedor a sus vecinos. Además, junto a estas iniciativas particulares que cuajaron de teatros la ciudad, el Ayuntamiento por fin se decidió a realizar el gran teatro que necesitaba Murcia: el teatro de los Infantes, hoy Romea.

 

Para tratar de poner orden en nuestro recorrido por los teatros murcianos de este siglo XIX procederemos, como suele ser recomendable, comenzando por el principio, y siguiendo a grandes rasgos la estela marcada por el periodista Antonio Crespo. Pues bien, el primero de estos locales en abrir sus puertas lo hizo hacia 1850 y fue el teatro de la Cárcel Vieja, llamado así por estar ubicado en el interior de la antigua cárcel de la Santa Inquisición, es decir, entre las actuales calles Plano de San Francisco y Jara Carrillo, justo en el lugar en el que tiempo después se alzaría el palacio de Zabálburu, actual sede del colegio de arquitectos de Murcia. Este recinto teatral resultó improvisado e incómodo, y desarrolló una actividad escasa y esporádica. Además, dicha actividad vino a menguar más si cabe cuando comenzó la competencia con los nuevos teatros Provisional y del Puente, de los que hablaremos inmediatamente.

Panorámica actual del Palacio Zabálburu.

El teatro Provisional debió de abrir sus puertas en 1857, es decir, el mismo año que la ciudad derribó del vetusto teatro del Toro. El lugar que ocupó el recinto estaba situado en la confluencia de las calles Rambla y del Cura, las actuales Saavedra Fajardo y Selgas. El Provisional estaba dotado de palcos principales, plateas, butacas y sillones que le proporcionaban un aforo aproximado de quinientos espectadores. Sin embargo, pese a la estimable capacidad del recinto, el escenario siempre resultó algo pequeño, motivo por el cual ciertas obras se representaron mermadas en su puesta en escena. Hacia 1860 perdemos el rastro de este teatro Provisional, por lo que se cree que su actividad no debió de continuar mucho más allá de 1863 ó 1864.

Panorámica actual de la confluencia de las calles Saavedra Fajardo y Selgas, antiguas Rambla y del Cura, donde antaño se levantó el primer Teatro Provisional.

Entremedias del teatro Provisional y el del Puente debemos hacer una pequeña referencia al teatro del Liceo, un espacio que tenía más de salón de reuniones para amigos de la alta sociedad murciana que de teatro propiamente dicho. El local, del cual no hemos podido conocer su emplazamiento, comenzó su actividad escénica hacia 1857, como el Provisional, aunque las funciones fueron escasas y muy espaciadas en el tiempo. La última noticia que tenemos sobre una obra representada en este lugar es de enero de 1858, es decir, sólo un año después de iniciar su actividad teatral.

 

Como prometimos más arriba, toca ahora detener nuestro paseo histórico a la altura del teatro del Puente, o teatro de la Posada del Puente, un local que tuvo que ser muy pequeño y muy modesto. Dicho teatro se ubicó en el interior del edificio llamado Parador del Rey, nombre gracias al cual podemos situarlo fácilmente junto al puente de los Peligros, al comienzo de la actual avenida de Canalejas. Las primeras noticias que tenemos sobre su actividad teatral son de la navidad de 1858, periodo en el que comenzó a programar funciones en competencia con los mencionados teatros de la Cárcel Vieja y el Provisional. Las noticias sobre su función como teatro desaparecen en diciembre de 1861.

Panorámica actual del edificio Parador de Rey.

Llegados a estas alturas del siglo, 1862, toca encaminar nuestros pasos hacia la antigua plaza del Esparto, hoy Julián Romea, y detenernos en la contemplación del teatro que se alza frente a ella, el mejor y más grande que ha conocido Murcia, el teatro Romea. Sin embargo, para conocer de manera suficiente su historia debemos retroceder algunos años en el tiempo, ya que fue en torno a 1842, bastante antes incluso de la demolición del antiguo teatro del Toro (1857), cuando el Ayuntamiento comenzó las gestiones para adquirir los terrenos que ocupaba del ruinoso convento de Santo Domingo con la intención de construir sobre ellos un nuevo teatro. La idea de la Ciudad era edificar un teatro que estuviese al nivel de los mejores del país, y así lo atestiguan las condiciones bajo las cuales se sacó a concurso la construcción del coliseo en 1857: el teatro debería estar aislado y su fachada dar a la plaza del Esparto, tener una capacidad de entre 1.300 y 1.600 asientos, y ajustarse a un presupuesto de 640.000 reales. Dicho concurso fue ganado por el proyecto conjunto de Diego Manuel Molina y Carlos Mancha, arquitectos que iniciaron la construcción del nuevo teatro de inmediato.

Fotografía de 1862 tomada al Teatro de los Infantes

Las obras avanzaron rápidamente y desde el principio todos pudieron advertir la descomunal envergadura que iba a tener el nuevo edificio. Los 64 metros de largo, 37 de ancho, y 15 de altura, eran unas dimensiones nunca antes vistas en Murcia para un teatro. Cinco años más tarde del inicio de las obras, en 1862, el edificio fue terminado. La impresión que el nuevo coliseo murciano causó en los asistentes a su función de inauguración debió de ser muy grande: butacas de terciopelo grana; palcos y plateas de proscenio de carmesí con adornos dorados; antepechos, pilastras, recuadros y cornisas decorados con exquisitos bajorrelieves; medallones y bustos enlazados con ricas molduras a los costados; y, como no, la celebrada decoración del telón de boca y las pinturas del techo. La inauguración del local, que entonces se llamó teatro de los Infantes, se produjo el 26 de octubre de 1862 y contó con el aliciente de la presencia de la Reina Isabel II, que sólo dos días antes había viajado de Cartagena a Murcia en tren “inaugurando” así  dicho ferrocarril.

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Mar, 18/11/2014 - 10:00 -- MCC

Continuaremos ahora nuestro camino por los demás teatros de la ciudad, aunque eso sí, sin perder de vista al recién inaugurado teatro de los Infantes, ya que volveremos sobre él de manera puntual para dar cuenta, cronológicamente, de sus hitos más importantes. Pues bien, aclarado esto, hablaremos ahora de tres teatros que iniciaron sus actividades en años consecutivos. Nos referimos al teatro del Círculo Industrial, que comenzó su trayectoria hacia 1867; al teatro del Comercio, que se inauguró en 1868; y al teatro de la Juventud, que abrió sus puertas en 1869.

 

Panorámica de lo que fue la plaza de los Gatos,  lugar donde se halló el teatro del Círculo.

Sobre el Círculo tenemos que decir que era una asociación de ciudadanos pertenecientes a diferentes sectores económicos de Murcia y que, aunque este grupo ya existía en 1862, no fue hasta 1867 cuando comenzó sus actuaciones artísticas en un salón dotado de 264 butacas y ubicado en un edificio que daba a la antigua plaza de los gatos, es decir, lo que hoy es la calle Fernández Caballero.

 

Vista de la plaza Joufre, donde estuvo el teatro del Comercio.

Sobre el teatro del Comercio podemos decir que fue regentado por una sociedad de aficionados al arte dramático integrada mayoritariamente por dependientes de comercios radicados en la ciudad. Esta sociedad  se estableció en un pequeño local cuyo salón usaron sus miembros como modesto teatro. Dicho edificio estuvo ubicado en la plaza de Joufré, junto a la céntrica calle de Platería.

 

Vista del comienzo de la  antigua calle de Lucas.

Por último, sobre el teatro de la Juventud diremos que fue el resultado de una labor desarrollada por distintos artistas jóvenes de la ciudad cuyo fin era lograr la enseñanza gratuita universal, para lo cual se establecieron en un local de la calle de Lucas, el cual hoy podríamos situar en el algún lugar de las actuales calles Arquitecto Pedro Cerdán y Radio Murcia.

 

Vista del lugar que ocupó la posada del Malecón.

Paralelamente al azaroso transcurso de las actividades en estos tres pequeños teatros del Círculo Industrial, el Comercio y la Juventud; en el gran teatro de los Infantes tuvo lugar un hecho significativo en mayo de 1872, ya que el coliseo murciano pasó a llamarse Romea por aclamación de un pueblo de Murcia deseoso de rendir así homenaje póstumo a su gran actor. Por otra parte y cambiando de escenario, hacia 1873 fueron fechadas las únicas actuaciones que se dieron en un pequeño salón-teatro que existió en la posada del Malecón. Dicha posada perteneció al amplio centro conventual que tuvieron los franciscanos en Murcia, y su antiguo emplazamiento podemos situarlo actualmente en la cara norte del jardín del Malecón, a la altura del Mercado de Verónicas.

Volviendo a las vidas de los tres mencionados teatros del Círculo Industrial, el Comercio y la Juventud, debemos concluir que todos ellos tuvieron unas trayectorias artísticas irregulares y convulsas durante las breves etapas que estuvieron abiertos. El único de estos tres que logró dilatarse algo más en el tiempo fue el teatro del Círculo y, sin embargo, también conoció la alternancia de largos periodos de actividad con sonados parones, éxitos de público con crisis económicas, y buenos gobiernos con cambios de directivas. Por ello, a pesar del esfuerzo, a finales de 1877, es decir, diez años después de ofrecer su primera actuación, esta sociedad brindó su última función.

Más allá del cierre de ese pequeño teatro del Círculo Industrial, el suceso más importante de 1877 a nivel artístico en Murcia fue sin duda el incendio que sufrió el teatro Romea. Y es que el 2 de febrero las llamas destruyeron completamente la sala de representaciones del recinto, reduciendo así a cenizas los más de 14 años de vida que tenía el coliseo murciano. Sin embargo, a pesar de la conmoción que debió de producir este hecho en la ciudad, los trabajos de reconstrucción se iniciaron de inmediato bajo la dirección del célebre arquitecto Justo Millán. Como es comprensible, durante los tres años que duraron las obras en el interior del Romea, otros locales más pequeños se afanaron en suplir la ausencia del gran gigante doblegado.

 

Vista del actual MUBAM, donde antaño estuvo el Convento de la Trinidad.

Uno de estos teatros improvisados y provisionales que surgieron al calor de los rescoldos del Romea fue el de la Trinidad, que abrió sus puertas en la Navidad del mismo año 1877 y estuvo situado en la planta baja del convento del mismo nombre, es decir, en el lugar donde hoy se alza el museo de bellas artes de Murcia, en la calle Obispo Frutos. La vida de este pequeño local fue corta y poco intensa. A su cierre en 1880 contribuyeron de manera decisiva las reaperturas de dos viejos teatros: el Provisional y el Liceo.

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Mar, 25/11/2014 - 08:00 -- MCC

Localización aproximada del “segundo” Provisional.

La segunda y última etapa del teatro Provisional –la anterior había transcurrido entre 1857 y 1864- echó a rodar hacia marzo de 1878 en un emplazamiento que aprovechaba el edificio que se estaba construyendo para los nuevos tribunales. Es decir, muy cerca de la localización anterior y siempre dentro de lo que hoy sería el complejo que forma la plaza de abastos de Saavedra Fajardo. Este teatro nació con la intención de ofrecer al público un local agradable al que poder asistir mientras terminaban las obras de reconstrucción del Romea. Sin embargo, tan loable propósito no pudo verse cumplido, ya que este nuevo teatro Provisional apenas sí duró un año abierto.

Por otro lado, la apertura de un nuevo teatro del Liceo fue posible gracias a la fusión del decadente Círculo Industrial con un emergente grupo de aficionados que pretendía crear un Liceo o un Ateneo en Murcia. Si el nuevo grupo aportó el empuje y el capital necesarios, el viejo Círculo aportó el local que poseía en la plaza de los gatos, no menos necesario para llevar a cabo el proyecto. Así, a principios de 1878 quedó constituida la flamante Sociedad del Liceo y ya en mayo comenzaron las funciones teatrales en el reformado salón que, como dijimos, hoy estaría en la calle Fernández Caballero. Lo cierto es que la vida de este nuevo Liceo tampoco resultó larga, apenas cinco años en los que se sucedieron algunos éxitos y muchos sinsabores. Un local pequeño e incómodo, reformas poco inspiradas, algún incendio, la riada de Santa Teresa de 1879, problemas económicos... Hacia mayo de 1880 se inauguraron las clases en el Liceo y la actividad teatral quedó relegada a un segundo plano. Todavía se dieron algunas funciones más de manera esporádica, pero éstas finalmente cesaron hacia 1883.

Antes, en 1880, se produjeron dos novedades muy importantes en la Murcia teatral. La primera de las novedades fue que el teatro Romea reabrió sus puertas después de la larga convalecencia a la que lo sometió el incendio que sufriera en 1877. La noche de la reinauguración todos los asistentes quedaron admirados con el fantástico trabajo del arquitecto Justo Millán, que a partir de aquel momento pasaría a ser el de mayor prestigio de Murcia. La segunda de las novedades fue que junto a los antiguos terrenos del segundo teatro Provisional se alzó en apenas cuarenta días un nuevo teatro que llevó por nombre Teatro Circo de la Rambla.

 

Panorámica actual de la confluencia de las calles Saavedra Fajardo y Doctor Fleming, lugar donde antaño se levantó el Teatro Circo de la Rambla.

Deteniéndonos un poco más en este nuevo teatro para dar cuenta adecuadamente de él, debemos confirmar que se construyó rápidamente dentro de los terrenos del antiguo Granero, donde se estaban edificando los nuevos Tribunales de Justicia. Como estas obras avanzaban de sur a norte, el emplazamiento de este local cabe situarlo en la esquina existente entre las actuales calles Saavedra Fajardo y Doctor Fleming, siempre dentro de lo que hoy es la plaza de abastos de Saavedra Fajardo. Pues bien, el Teatro Circo de la Rambla fue el resultado de la iniciativa de los organizadores del Entierro de la Sardina, es decir, de los grupos sardineros de la época.

El local tuvo que ser por fuera de lo más parecido a un circo actual, con su característica cubierta de lona incluida. Sin embargo, por dentro incorporó elementos puramente teatrales, como palcos, plateas y un hermoso telón de boca que hizo las delicias de propios y extraños. En conjunto, el local fue elogiado por su comodidad, buena visibilidad, e incluso por ofrecer cierto lujo. En cuanto a la vida artística que albergó, ésta fue de lo más rica y variada: espectáculos ecuestres, acrobáticos, zarzuelas, obras de teatro… El Teatro Circo de la Rambla irrumpió con fuerza en el panorama teatral de Murcia llegando a competir durante sus primeros años de vida con el poderoso Romea. Lamentablemente, los altibajos de público, la lluvia, que siempre  terminaba calando a los asistentes, y sobre todo las obras de los nuevos Tribunales acabaron por dar la puntilla al legendario teatro hacia 1885.

Panorámica del encuentro de las calles Barítono Marcos Redondo, Gran Vía y José Antonio Ponzoa. Lugar en el que antaño se levantó el teatro Apolo en la desaparecida calle Capuchinas.

Una nueva sociedad de aficionados al teatro llamada Julián Romea decidió saltar al ruedo, o mejor dicho al escenario, en 1882 con la creación de un bonito teatro en el piso bajo de la antigua casa de los Condes de Clavijo, en la extinta calle de Capuchinas y frente al desaparecido convento del mismo nombre. Para aquel que desee visitar la localización que tuvo este local, diremos que ésta se hallaría en medio de la actual Gran Vía de Murcia, a la altura de las calles Barítono Marcos Redondo y José Antonio Ponzoa, que juntas conforman lo que fue la calle Capuchinas. Aunque las actividades artísticas en este coqueto teatro comenzaron en noviembre de 1882, sólo un año más tarde, en 1883, la sociedad Romea entró en crisis y acabó cambiando su nombre por el de sociedad Apolo. Bajo esta nueva denominación, dicha sociedad retomó la vida teatral en su local, ya conocido como Apolo, de la calle Capuchinas, hasta su cierre en 1885.

Vista del nº 8 de la actual calle Vara de Rey.

Por esta misma época parece que hubo dos pequeñas sociedades que compartieron espacio, aunque no tiempo: nos referimos a las sociedades Talía y Cervantes, ya que actuaron en un mismo lugar, pero separadas por un año. Estas dos asociaciones ofrecieron actuaciones en lo que fue la Casa de Corrección, que estaba situada en la calle de la Administración, es decir, aproximadamente hacia el número ocho de la actual calle Vara de Rey. La sociedad Talía comenzó su efímera trayectoria en 1883 y la terminó en 1884. La sociedad Cervantes desarrolló su arte a partir de 1885 y su actividad no debió de ir mucho más allá.

 

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Breve Historia de los Teatros de Murcia (VI)

Mar, 02/12/2014 - 07:48 -- MCC

Para alcanzar el año 1886 debemos cruzar el puente de los Peligros, adentrarnos en el barrio de San Benito -actual barrio del Carmen- y encaminar nuestros pasos por la calle Cartagena hasta llegar al número 78 de la época, que es aproximadamente el 60 de hoy. Así, parados frente al estrecho y envejecido edificio actual podemos cerrar los ojos e imaginar el amplio teatro de verano con cubierta de lona y capacidad para cuatrocientas personas que levantó ahí la sociedad Amigos del Progreso, una de las asocianciones de aficionados al teatro con más mérito que hubo en la ciudad ya que, compuesta mayoritariamente por humildes artesanos y esforzados obreros con escasos medios para acceder a la enseñanza, consiguió hacer realidad un sueño colectivo de progreso basado en el aprendizaje y en la difusión de la cultura.

Panorámica del actual nº 60 de la calle Cartagena, donde antaño fue levantado el teatro del Progreso.

A partir de junio de 1886 comenzaron las actuaciones dramáticas y éstas fueron acompañadas por un rotundo éxito de público. Jaleados por los resultados iniciales, los Amigos del Progreso se lanzaron a la remodelación de su teatro para dotarlo de mayor comodidad y aforo de cara al invierno. Así, se instaló una cubierta más consistente, se levantó una galería con palcos y se construyó un nuevo escenario. Todo lo necesario para convertir el local en un lugar confortable y hasta elegante. Una vez terminadas las obras, la actividad artística en el remozado teatro de la calle Cartagena se hizo frenética durante los últimos meses de 1886 y los primeros de 1887. Los actores estaban entregados, el público entusiasmado, el recinto acompañaba, y las críticas eran favorables. Sin embargo, hacia mediados de 1887 la suerte del Progreso fue a dar un inesperado vuelco con la apertura de un nuevo teatro apenas a una manzana de distancia: el teatro del Porvenir.

El teatro del Porvenir fue levantado en la calle Floridablanca gracias a la acción de una sociedad llamada Amigos del Porvenir. Esta nueva asociación debió de formarse a rebufo del éxito alcanzado por el teatro del Progreso y tuvo que albergar la intención de competir artísticamente con aquel. Más allá de los motivos y las razones, lo cierto es que una competencia tan directa y tan próxima acabó pasando factura a ambos teatros. El coliseo del Porvenir parece ser que estuvo situado entre la plaza de la Media Luna -hoy plaza González Conde- y la calle del Carmen, en los mismos terrenos en los que con el tiempo se levantaría el Cinema Iniesta y más recientemente la discoteca Barbus, es decir, en el actual número 7 de dicha plaza. El teatro del Porvenir se inauguró en junio de 1887, y fue muy elogiado tanto por estar dotado de palcos, plateas, butacas y anfiteatro, como por su armoniosa fachada.

Panorámica del lugar concreto de la Plaza González Conde donde antaño existió el teatro del Porvenir.

Al poco tiempo de abrir este nuevo teatro del Porvenir, el teatro del Progreso tuvo que disminuir el número de sus funciones para poder sobrevivir. Las dificultades económicas debieron de agudizarse hacia 1888, ya que el Progreso fue comprado por Federico Terol, quien procedió a cambiar el nombre del inmueble por el de teatro Terol. Sin embargo, como era de esperar, ni este ni otros cambios surtieron el efecto deseado y el antiguo teatro del Progreso comenzó a languidecer a marchas forzadas ayudado por los nuevos problemas, esta vez estructurales, que le detectaron a su edificio. En 1890 se ofreció la última función en el teatro del Progreso. Paradójicamente, su competidor, el teatro del Porvenir, acabó cerrando incluso antes, en 1889.

Dentro de esta vorágine de aperturas y cierres de teatros que salpicó a casi toda la ciudad en el siglo XIX, hubo uno que por su especial categoría se ganó el derecho de trascender hasta nuestros días junto al insuperable Romea: el Teatro Circo Villar. Sin duda este teatro es el segundo de mayor calidad que ha tenido Murcia a lo largo de su historia, motivo por el cual hoy todos podemos sentirnos muy orgullosos de la reciente restauración que ha permitido rescatarlo del olvido y recuperarlo como parte viva y fundamental de nuestro patrimonio cultural.

Vistas actuales de los accesos al Teatro Circo y de los exteriores de su sala principal.

Aunque su inauguración se produjo en 1892, la gestación del Teatro Circo fue un proceso laborioso que comenzó varios años atrás, concretamente en 1889, cuando una sociedad de empresarios encabezada por Enrique Villar decidió encomendar el proyecto de un nuevo coliseo al prestigioso arquitecto Justo Millán. Una vez aprobados los bocetos del arquitecto, las obras empezaron a finales del mismo año 1889 en una calle Caravija bastante diferente a la actual Enrique Villar. Para empezar, debemos tener en cuenta que la calle recibía el nombre de Caravija por la acequia que la recorría longitudinalmente de oeste a este y que era visible en muchos tramos. Por otra parte, la mencionada calle tan sólo llegaba hasta la altura del solar donde se estaba levantando el nuevo teatro ya que, aunque la calle Puerta Nueva existía, aquella aún no tenía comunicación con esta. Un poco más al norte y al este no había más que huertos que marcaban los límites de la ciudad, por eso el emplazamiento del nuevo teatro dio la impresión de quedar arrinconado en un confín de la ciudad.

Desde el principio, las obras marcharon a buen ritmo en el nuevo Teatro Circo de la calle Caravija. Así, al cabo de pocos meses la expectación en la ciudad fue creciendo al mismo ritmo que los muros de ladrillo se alzaban en el solar y las noticias de las características del inmueble llegaban a la prensa. Las espigadas columnas metálicas de 32 metros de altura y la cubierta circular de 40 metros de diámetro colmaban de admiración a cuantos las veían; las informaciones sobre las futuras seiscientas butacas del patio y las treinta y ocho plateas llenaban de asombro a cuantos las escuchaban. Aún hubo que esperar algún tiempo, pero finalmente el 5 de noviembre de 1892 el flamante Teatro Circo Villar abrió sus puertas al público por primera vez. Aquella función inaugural consistió en un espectáculo ecuestre y acrobático, posteriormente fueron programadas veladas musicales y otros espectáculos a cada cual más sorprendente: en una ocasión se lidió un novillo y en otra la pista se convirtió en un gran estanque, al estilo de las míticas naumaquias romanas, gracias a las canalizaciones con las que Millán había dotado a su edificio para captar el agua de la Caravija.

Sin embargo, a pesar de que la inauguración ya se había producido, el Teatro Circo aún no estaba terminado. En 1893, una vez pasados los primeros espectáculos, las obras se reanudaron para que el estrenado circo pudiera estrenarse también como teatro. La nueva y definitiva inauguración, ya como Teatro-Circo propiamente dicho, se produjo el 14 de octubre de 1893 con una función dramática y musical. Desde entonces, y pese a la dura competencia con el Romea, este recinto de titularidad privada estuvo funcionando como teatro con soltura durante quince largos años hasta que, doblegado por la pujanza del cine, optó por entregarse principalmente a la proyección de películas hacia 1908.

 

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