
Hay cosas en la vida que nunca se olvidan, y para mí una de ellas sucedió cuando mi madre me compró mi primer disco, que, por la época, fue en forma de casete y en un quiosco que había a la entrada del desaparecido Hospital General de Murcia; lugar que por aquel entonces visitaba con tanta frecuencia que tenía pase VIP, y donde casi semanalmente me esperaba mi pediatra de confianza -el Dr. Salvador-, al que, por culpa de la televisión, recuerdo con el rostro del capitán de policía de Canción Triste de Hill Street.
Así, en algún momento de 1989 y no contando todavía más que siete años, mientras mi madre trataba de introducirme a regañadientes en el recinto sanitario, ocurrió que vi en el expositor metálico con candado de aquel pequeño puesto una cinta que llamó mi tierna atención infantil. En su portada un joven músico al que, gracias a la televisión, conocía bien e incluso admiraba, se ofrecía al mundo dando un alocado salto completamente abierto de brazos y piernas sobre unas vías de tren y bajo una mención que rezaba: “Versiones originales”.
Entonces, viendo yo clara la ocasión de sacar por fin algo lucrativo de mis visitas al médico y ella, factible por una vez la posibilidad de calmar mi berrinche protocolario, fue que primero le pidiese aquella casete y que, acto seguido, mi madre me concediera, como por arte de magia, la que sería mi primera obra cultural en propiedad: una cinta recopilatoria de ocho canciones con la que podría empezar a competir con mi hermano mayor, que ya acumulaba una ingente colección de música moderna en nuestra habitación, y donde desde entonces tendría que abrir, junto a Radio Futura y Génesis, un hueco para acoger mi flamante casete de Un Pingüino en mi Ascensor.
Por ello, cuando, a pesar de transcurrir treinta y siete años desde aquel glorioso día y de haberle perdido la pista poco tiempo después a mi idolatrado artista, consultando el programa de Fiestas de Molina de Segura encontré su nombre en la lista de conciertos destacados, desde el primer momento tuve claro a cuál de entre todos aquellos no podría faltar. Y así, este pasado 10 de septiembre poco habría de importarme que la cita fuera un jueves y a las diez y media de la noche para coger el coche y plantarme a los pies del escenario de la molinense Plaza de España aguardando el comienzo del recital de Un Pingüino en mi Ascensor con la misma ilusión de un niño de siete años y, naturalmente, con mi preciada casete en el bolsillo del pantalón.
De esta forma, a eso de las 22:45 y ante un numeroso público que, felizmente, tampoco dudó en aprovechar la ocasión de ver en vivo a una de las bandas más originales, inteligentes y divertidas que ha dado el pop español, Mario Gil en primera instancia y, acto seguido, José Luis Moro harían su aparición sobre las tablas para llevarse la primera ovación de la velada antes de avisar: “Vamos a tocar unas canciones de cuando erais pequeños”, aunque, eso sí, no porque fueran infantiles, sino por acudir a sus tres primeros discos -Un Pingüino en mi Ascensor,1987; El balneario, 1988; y Disfrutar con las desgracias ajenas, 1989- para confeccionar el grueso de un repertorio bien conocido que arrancaría con la ingeniosa y desenfrenada “Arqueología en mi jardín”.
Entonces, con el personal rompiendo a bailar y corear los estribillos desde el inicio, el inseparable dúo lanzaría con sus teclados una primera andanada de cuidados medios tiempos pop destinados a templar y afianzar su prometedor comienzo. Y así, irían cayendo, una tras otra, canciones como la romántica tonada de amor (no correspondido) “Juegas con mi corazón”, la amarga y disparatada confesión vital y profesional de Juan Valdés en “Mi café” o la célebre y celebrada “Balada de Benito Carrizosa”, con cuya historia, inspirada en un mítico anuncio de televisión, no podría evitar sentirme identificado, aunque no por tener un Golf con la ITV caducada, sino por reconocerme tan contento como su protagonista gracias al tesoro que custodiaba mi pantalón.
A continuación, con el paso firme y el buen humor desbordándose también en los comentarios, chistes y chanzas que, entre canción y canción, se dedicaban Mario y José Luis, el recital se adentraría en su fase central acudiendo nuevamente al tan parodiable mundo de la publicidad televisiva para recordar en “C.A.M.P” al ilustre Manuel Luque y sus palabras: “Busque, compare y, si encuentra algo mejor…”. Pues eso, Un Pingüino en mi Ascensor en estado, no líquido -como Kalia-, sino puro, que, además, mostraría su faceta más deliciosamente siniestra y sádica en “Tú me induces al mal” y “Jota Jota” antes de desparramarse con su hilarante drama histórico “El arzobispo Makarios” y rematar con la tierna y eterna “Atrapados en el ascensor”.
Más adelante, ya en el tercio crucial de la velada, el rumbo parecería virar hacia los años posteriores e incluso recientes de la banda: primero, por la inclusión de temas propios, como la lúdica y lasciva “En la variedad está la diversión”, de 1993, y de la rompedora y antinarcisista “Supergilipollas”, de 2022; y, segundo, por la intensificación de su compromiso con la actual conciencia ecológica, a la que, como buen Pingüino amenazado por el calentamiento global, Moro apelaría para ofrecer puntualmente -en lugar de canciones nuevas, que contaminan más- versiones recicladas como la de “Another brick in the wall”, que titularía “Otro brick de Don Simón”, o como la de “Voyage voyage”, que quedaría untada de paté en “Fuagrás fuagrás”.
Finalmente, regresando al futuro de la música para recuperar de los años 80 “El balneario”, “El sangriento final de Bobby Johnson” y “Espiando a mi vecina”, con la que la Plaza de España de Molina se llenaría de brazos danzando al aire, Un Pingüino en mi Ascensor completaría a eso de las 00:15 el concierto soñado de una banda que, lejos de haber quedado fosilizada en el pasado, ha sabido mantenerse viva y coleando gracias a su capacidad innata para emplear el humor como aguda herramienta de crítica con la que reírse abiertamente de todo, pero sin faltarle a nadie.
Y, quizá por eso, volviendo a verlos ahora con ojos adultos, lejos de aburrirme o decepcionarme, Mario y José Luis me hicieron sentir incluso más orgulloso y convencido que antaño de haberlos elegido porque, de hecho, creo que su música, que nunca pretendió ser bandera ni himno ni faro de nada, bien podría ser hoy muy valiosa para ofrecer una alternativa distinta, estimulante, elocuente y luminosa a este mundo tan crispado, egoísta, ignorante y maleducado que estamos dejando.
Y, quizá por eso también, una vez apagadas las luces del ensueño escénico y ya de vuelta a la realidad de las prisas y el trabajo diario, ocurrió que pude reconocer, al otro lado del espejo y como en un fugaz reflejo, a aquel niño revoltoso e inquieto de siete años que fui sonriendo de satisfacción porque su casete, que conservó como oro en paño, ya lucirá para siempre firmada en su interior por José Luis y Mario, que son su grupo favorito: Un Pingüino en mi Ascensor.
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