"Postales para un niño" muestra el poder del teatro como escuela de vida

Crear: 04/23/2018 - 14:00

Tras llenar de aplausos escenarios tan importantes como el Teatro Romea de Murcia, el Gran Teatro de Huelva o el Teatro Guerra de Lorca, este viernes recaló en el Auditorio de Beniaján para inaugurar la XVI Muestra de Teatro Edmundo Chacour la obra dramática de creación colectiva “Postales para un niño”.

Así, ante un patio de butacas que gozaría de una envidiable presencia de público, el escenario de esta pedanía murciana se vestiría de gala para dar comienzo a su semana grande de teatro dando la bienvenida a la Compañía Más; entidad crecida al abrigo de la Fundación Jesús Abandonado que lleva desde 2015 poniendo en valor el teatro como motor de cambio social capaz de aunar voluntades, superar prejuicios y avanzar en favor de la integración de personas en riesgo de exclusión.

De este modo, con verdadera expectación en la sala, la función arrancaría a eso de las 21:30h mientras cada uno de los personajes de la obra aparecían vagando sin rumbo por una escenografía en penumbra que estaría conformada únicamente por siete sillas envueltas por sendos halos de luz. En consecuencia, tejiendo una densa y opresiva atmósfera que además sería rematada por un persistente e inquietante ruido de fondo, la sobria y efectista puesta en escena pronto lograría el objetivo de captar la atención del respetable generando la tensión necesaria.

Sin embargo, como si fuera el resultado de la broma de un travieso prestidigitador, una chirriante carcajada rompería el hechizo en el que se hallaba sumido el auditorio para despertarlo súbitamente e integrarlo en la escena. Entonces, mientras los personajes ocupaban sus puestos sobre las tablas, una voz en off melancólica y envejecida surgida de la oscuridad y el silencio, de la soledad y el vacío, se materializaría en forma de postal desesperada para pedir auxilio; el auxilio de un niño capaz de enfrentarse sin miedo al miedo que la atenazaba.

A continuación, ajeno a lo expresado por la enigmática voz, irrumpiría alegre y despreocupado en escena un pequeño de nueve años jugando a ser el intrépido héroe de sus propias aventuras desbordadas de imaginación y colorido. De esta manera, venciendo a temibles dragones, atravesando bosques encantados y cruzando su acero con el de esforzados guerreros, el valiente joven recorrería de aquí para allá el escenario hasta reparar en un trozo de papel tirado en el suelo; una postal traída por el viento que rezaba “Para el niño, desde algún lugar. Te necesito, ven”.

A partir de ese momento, convencido de la necesidad de ponerse en movimiento, el niño, lejos de recelar, se entregaría a su aventura iniciando un apasionante viaje acompañado por un histriónico personaje que, vestido como un extraño maestro de ceremonias, haría las veces de escudero, amigo, consejero y confidente del audaz infante en su camino en busca del misterioso remitente de la postal mostrándose como si, de hecho, fuera un encantador Pepito Grillo de carne y hueso.

Así, haciendo rodar la imparable ruleta del juego infantil sobre la escena, la obra giraría en torno a cinco breves cuadros que, a modo de etapas, debería superar el niño en su camino. En rigor, un camino a través del espacio y del tiempo que le llevaría a describir una trayectoria que avanzaría no solo hacia adelante, sino más bien hacia el interior; hacia el interior de un alma humana paralizada y sometida por miedos que, en el fondo y como casi siempre, no serían más que el fruto de una mentira.

Y quizá por ello, por haber sido capaces de fundir teatro y vida con esa sencilla y profunda magia escénica que hace emerger a la persona por encima del personaje y a la verdad por encima de la ilusión, no sería de extrañar que ya en el coloquio que siguió a la función tanto los intérpretes como los asistentes varias veces rompieran en aplausos de reconocimiento mutuo convencidos, además, de que, como decía Peter Brook, “en el teatro siempre es posible comenzar de nuevo”.

 

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